jueves, 21 de enero de 2021

Las narices de Michael q. e. g. e.

Tengo una amiga que se parece a una de las últimas versiones de Michael Jackson. Mi mujer dice que no es verdad, que debería hacerme mirar la vista. Yo lo sostengo, insisto y lo vuelvo a repetir hasta que me duelen los músculos de la boca por el eco del estribillo. Y busco el Facebook de mi amiga y le enseño a mi mujer sus fotos y después la de la última versión de Michael, señalando con el dedo la pantalla y así varias veces para que compruebe que digo la verdad. 

–¿Adónde quieres ir a parar? –me dice–. ¿Qué pretendes demostrar con esto?

–No lo sé –le digo–. No tengo la menor idea de lo que significa, pero intuyo que todos tenemos muchas versiones de nosotros mismos. Yo he vivido cien vidas y Michael es la prueba. Supongo que ahí es donde quiero ir a parar. Michael, en sus primeros discos, no se parecía a mi amiga. Si tú me hubieras conocido antes quizá no te hubieses fijado en mí. Somos un ser distinto a cada minuto. ¿Cómo vamos a jurarnos amor eterno si mañana seremos otras? –le digo.

Mi mujer se toca la alianza de boda y le da vueltas en el dedo. Me mira un instante. Yo pienso en mi suéter de lana holgado, en la adaptabilidad de la lana que pica y cubre mi cuerpo dilatado por las hijas y los años. Después ella me da la espalda. Mientras se aleja dice que tengo demasiado tiempo libre y que es una verdadera lástima que lo malgaste de la forma en que lo hago.

No sé a qué se refiere. Pongo lavadoras, voy hasta los contenedores de reciclado y coloco cada cosa en su lugar, cocino. Ratón blanco. Laboratorio, laberinto y ratón blanco. A veces, algún domingo, al sol mínimo que entra oblicuo por la ventana de nuestro cuarto de estar, me corto las uñas de los pies.

Michael hizo sacrificios. Buscaba la belleza y a cada nueva operación se alejaba más de ella. Para eso se desprendió de su dinero.

En sus últimas apariciones, Michael, el pobre Michael Jackson q. e. g. e., tenía la nariz hecha unos zorros, una nariz averiada, tronchada, descompuesta, una nariz que recordaba a los escalones de mármol de las catedrales. Esos que, huella tras huella, se comban para dar testimonio del paso incesante del peso de los demás.

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