A qué huelen las nubes? Chun-chun, chun-chun, chun-chun-chun-chun-chun, uuuiiiii…
¿A qué huelen los coños… de novela?
Estoy leyendo una novela y de pronto me llega la primera identificación. Mira, pienso, qué casualidad. Después llega la segunda y la tercera y la cuarta… No puede ser, me digo. Pero sigo leyendo y me sorprenden más y más detalles que me hacen comprender que el personaje, la amante de la protagonista, está inspirada en una persona real. Lo sé porque esa persona ha sido también mi amante.
Entonces, sólo en mi cabeza, el personaje de la novela hasta entonces apuntado en silueta, se va rellenando y va adquiriendo detalles que no aparecen en el libro: la redondez de su craneo rapado, el filo de los años de anorexia de su cuerpo sin grasa, su oscuridad profunda.
Yo era por aquel entonces todo un personaje. Mujer casada. Heterosexual con hipoteca por la gracia del patriarcado y de las niñas que buscan pertenecer. De mi bolsillo brotaba la llave de las torres que dan acceso a la ciudad. Por las noches, con el sueño de los otros, escribía palabras clave de las novelas que me apasionaban en chats de lesbianas. El nombre que utilizaba, la descripción, alguna imagen, todo era fruto de la literatura. Soló las que adivinaban la procedencia de esas palabras pasaban de personaje de chat a persona real. ¡Santo y seña! Consigna que identifica a los del mismo bando.
Roxane se llama el personaje de la novela de la que hablo.
Roxane dice en la novela a la protagonista que, lo siente, pero que ella no lo come.
Roxane no lo come porque detesta el olor a coño. Esto no lo dice en la novela, pero yo sé que es así porque la persona real que inspiró el personaje a mí me dijo la misma frase.
Llegó en un tren a la estación del Norte después de meses epistolares. La escondí en el piso vacío de una amiga que confiaba en mí y se equivocaba.
Mi amante se llamaba Genoveva o Ginevra, como yo quisiera, dijo. Yo elegí llamarla Genoveva porque no podía soportar pronunciar la uve de Ginevra como si fuera una efe.
Genoveva era francesa pero hablaba cinco idiomas. Tenía un olfato finísimo y no podía soportar meter su nariz entre los muslos de sus amantes. Para Genoveva los coños olían a contenedor de lonja de pescado al sol, a azufre de esquina meada por perros, a grumo denso de culpa de monja.
Genoveva no era buena amante. Chacun son cinéma.
Roxane termina comiéndole el coño a la protagonista de la novela.
Genoveva terminó comiéndome el coño a mí también, pero lo hacía sin ganas. Esas cosas se notan, no hay cómo esconderlas.
Genoveva y su gran nariz olían a toallita mojada, a jamón rancio, a ropa con muchas puestas. Genoveva no usaba jabón ni en sus ropas ni en su cuerpo, tampoco para limpiarse el coño. Esas cosas se notan, no hay cómo esconderlas.
Nos escribíamos cartas larguísimas, ella tocaba el piano para mí, comíamos rúcula de las macetas de las ventanas.
A Genoveva y a mí nos encantaba la literatura: Marguerite Yourcenar, Natalia Ginzburg, Eva Baltasar… Esto es lo más lejos a lo que llegamos y esto es lo más cerca que vamos a estar de lo que tanto amamos. Ella acabó de personaje de novela, yo de amante de la persona real que inspiró el personaje.
Mi Genoveva y la Roxane de la novela eran las dos tremendamente sensibles e inteligentes. Eso hace que lo pases realmente mal en la vida. Su resistencia a la realidad se veía en sus maltrechas muñecas llenas de cortes.
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