No había reparado en mi nariz hasta que el guapo de la clase me gritó que me pusiera de perfil. La vergüenza me iluminó como un foco. Al principio porque se había fijado en mí. Luego porque no supe interpretar las risas de mis compañeros.
Llegué a casa con la mochila cruzada y la inocencia ametrallada. Y mi padre, lejos de proteger mi mentalidad naif con palabras de algodón y adjetivos purpurina, transcribió con una sonrisa socarrona el primer trauma de mi existencia:
—Es que tienes mucha personalidad, como tu abuelo.
Así descubrí a ese peñón abrupto salido de la nada. Siete años de sigilosos movimientos tectónicos, en la oscuridad más remota y profunda de mi cara, consiguieron chocar con suficiente fuerza hasta erigirse cordillera.
Tras ese incidente, se convirtió en el típico grano que sabes que está, que no te ves, pero que todo el mundo mira. Me convertí en el centro de las reuniones familiares: «¡Anda, mira! Si cada vez se parece más al abuelo». Y ese rasgo me hizo ser la primera en la línea sucesoria en heredar el busto de mi abuelo, que más que una cara con nariz, era un falo con cara.
Coloqué esa especie de trofeo de taxidermista en la estantería del estudio. Allí permaneció mudo hasta que, en una mañana de limpieza, le pasé un trapo y pareció estornudar. Quizás fue la sugestión, quizás la alergia al polvo, pero el caso es que accioné algún mecanismo oculto que expulsó de sus grandes fosas nasales un pergamino algo amarillento. Decía:
«C.N.I. El Club de las Narices Ilustradas. Calle de las Cestas, número par».
La curiosidad por descubrir la vida secreta de mi abuelo o la necesidad de conocer a los nerds de ese misterioso club, hicieron que llamara a la puerta de las Narices.
—Mon pare no té nas —dijo alguien por el telefonillo.
—¿Ma mare és xata? —contesté dudosa.
Me recibió un encapuchado apenas iluminado con un farolillo led. Hubiese dicho que su outfit era de postureo medieval si no fuera porque, además, llevaba encima una bata de andar por casa.
Atravesamos en silencio un pasillo con bustos de rostros expuestos a ambos lados de las paredes, algunos conocidos y otros no tanto, iluminados por una luz residual parecida a la de una cripta. Pude distinguir entre ellos a Gerard Depardieu, a Adrien Brody, a Sofia Coppola, a Maria Callas, a Dustin Hoffman, a Virgina Woolf, a Anjelica Houston y a Abraham Lincoln.
Al final del pasillo había una habitación con dos encapuchados más, sentados alrededor de una mesa de juntas. De nuevo, rostros invisibles ante la poca capacidad lumínica de esos farolillos. Quizás les habría convenido más pertenecer al club de los Illuminati. Al rato me acostumbré a la penumbra y pude intuir a dos ancianas escondidas tras las sombras.
—Disculpa este recibimiento —me dijo la mujer que presidía la mesa—. Desde que se han borrado más de la mitad de los socios, apenas nos llega para pagar la luz.
Sobraban explicaciones. Era fácil darse cuenta de que era un club bañado en la decadencia. A juzgar por los bustos expuestos, en su día debió de ser un orgullo pertenecer a tal selecto círculo. Imaginé los felices años veinte, con música jazz marcando ese ritmo sincopado del charlestón, alternando movimientos de brazos, flecos y pies. Pero luego, miraba a esas encapuchadas decrépitas, casi seniles, y las imágenes se superponían con partidas de brisca a la hora de tomar el té.
—Si readmitiésemos al resto de los socios que se han operado, como a la reina Letizia, no tendríamos que lamentarnos tanto —dijo la segunda encapuchada.
—¿La reina Letizia formó parte de este club? —pregunté.
—Así es —contestó la presidenta—. En su día lo vivimos con orgullo ¡La reina, nada menos! Pero claro, con el tiempo, los quehaceres de la casa real la fueron alejando de nosotras. Y cuando se operó la nariz…
—Se operó la nariz porque tenía el tabique desviado y le costaba respirar —dijo la segunda.
—Se operó la nariz porque nos repudió cuando se mezcló con las élites. En el fondo yo siempre supe que era una pija, como la Pataky —contestó la presidenta.
—¡Y dale con lo mismo! Lo que pasa es que vives anclada en el pasado y no aceptas nada que se salga de la norma.
—¡Ya basta, Carmela! —se molestó la presidenta—. Mantener la esencia de este club es lo mínimo que podemos hacer. Qué rápido se te olvida cuando nos tachaban de brujas y nos quemaban en la hoguera. O cuando el holocausto, ¿a cuántos de nuestros socios judíos asesinaron? Se lo debemos a cada uno de ellos.
—No es comparable, Josefina —contestó Carmela—. La Santa Inquisición y el nazismo exterminaban a todo aquel que no pensara como ellos.
—¿Y qué diferencia hay con la cirugía plástica? —dijo Josefina—. Es una forma de matar la diferencia, pero más sutil.
—No me irás a comparar ahora un bisturí con una hoguera o una cámara de gas —contestó indignada Carmela—. Es mejor cargarte a tu propio complejo que a otros a causa de él.
Las dos se quedaron en un hastiado silencio. Daba la sensación de ser una discusión desgastada, desaborida, hecha bola de tanto masticarla. Josefina hizo un gesto con la cabeza y el encapuchado guía trajo un objeto tapado por una tela negra.
—Son muchos años ya de reuniones inútiles. Sentimos que nuestro club se está extinguiendo —me dijo Josefina—. Por eso, y si tú quieres, queremos que formes partes del consejo.
Josefina y Carmela retiraron la tela negra que cubría el objeto, dejando al descubierto un busto idéntico al mío. Me vi en un cara a cara difícil de sortear. Habían agitado en mí una bola de nieve, con todos mis sentimientos, emociones, contradicciones y complejos suspendidos como copos de nieve. Y yo flotaba con ellos. Me sentí ligera, liviana, libre de cargas. No sé cuánto duró esa plenitud de ser yo misma; esa exigua petite mort posorgásmica. Pero entendí que formar parte del Club de las Narices Ilustradas suponía emprender un viraje hacia el destete mental.
—Me siento muy halagada. Para empezar, ¿qué os parece si nos desprendemos de estas capas con capucha y mostramos nuestros verdaderos rostros? —contesté.
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