PUERTAS
Me hacen pensar las puertas, las
de madera, las de acero, las de cristal, las de aluminio, qué feas, las minimalistas,
las ya viejas con encanto, las modernistas, las blindadas me da igual, son muy
tristes y no vienen al caso, las de bares y comercios, las de bibliotecas, las
de los mercados, las de los portales. Puertas,
en todas partes hay puertas. Alegorías del movimiento, puertas.
Dice Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de
Símbolos que en la antigua Escandinavia los exiliados se llevaban las puertas
de su casa; a veces las lanzaban al mar y abordaban en el lugar donde las
puertas encallaban; así se fundó Reykjavik en el año 874. No quiero pensar qué
ocurriría si siguiéramos con esta costumbre. La de puertas que en la actualidad
habría por nuestros mares. Igual los barcos
no podrían ni navegar.
También dice que la puerta es
símbolo femenino, implica todo el significado del agujero, de lo que permite el
paso. Cierto, al nacer nos lanzamos hacia ese exterior desconocido y se supone
que nadie nos interrumpe el paso. Porque he aquí el quid de la cuestión. ¿Cuántas veces le entorpecen a usted el paso al querer salir, que no entrar, por
una puerta? Pero no vayamos tan rápido.
Yo no sé si nos damos cuenta de
las puertas que atravesamos a lo largo de un día. Tantas y tan variadas. Cuando
entramos en la Biblioteca alguien sale, cuando salimos de la frutería alguien
entra. Y en esos instantes se establece una relación fugaz pero importante. Importante
porque somos sociedad. Puede haber respeto y armonía en ese instante o puede
convertirse en algo incómodo porque uno de
los dos, o acaso los dos, quiere imponer su fuerza.
Dejen salir antes de entrar, oí
que repetía mi padre a todos sus hijos con convicción. Consideré desde la niñez que era algo
práctico, respetuoso, lógico. Que era una regla que ayudaba a convivir. En la
actualidad siento que muchas de las veces no vemos el rostro de quien nos
cruzamos en una puerta. A veces incluso parece una lucha silenciosa y breve. O
salimos y nos cortan el paso porque la premura del que entra invade el terreno.
O entramos y se nos olvida que si no dejamos salir llegará un momento en que no
cabremos. A veces es mucho más simple, se nos aparta a un lado porque el que
entra se siente dueño del umbral. El dejen salir antes de entrar parece que se
esfumó.
Tal vez sea el modo de vida, el
perder cada vez más el centro y el de correr hacia no se sabe qué, lo que nos
ha llevado a chocar en las puertas. Acaso nadie lo explique ahora en la niñez,
también puede ser. Reconocernos en un umbral, era hace años lo lógico, lo
sencillo. Percibir los pasos de aquel que desea salir de donde yo quiero
entrar. El primero ya logró su objetivo, por lo tanto démosle paso para ocupar
yo su lugar. Era un respeto mutuo, hermoso, con suavidad. Salir de uno mismo
para comprender al que se acerca.
¿Qué necesidad hay de tropezar en
un quicio a no ser que desees algo más con esa persona? Porque también puede
ser un buen lugar para coquetear si nos dejamos de prisas. Yo me pregunto ¿no
es de mejor calado parar unos instantes y descubrir aquel o aquella que sale?
De no hacerlo puedes perderte unos ojos maravillosos, un paso taciturno, una
risa contagiosa, un bastón que necesita espacio, una tristeza elegante, una
pareja que se ama. Puedes perderte el retrato mismo de lo que es vivir. La poesía de un instante.
Porque es bello lo efímero
probemos de nuevo a dejar salir. Digo yo. Y si eso no le convence y no está
usted para pamplinas, la lógica le puede llevar a pensar que si no dejamos
salir llegará un momento en que no se podrá entrar. Y entonces el tinglado
estará más que montado. Si es que tiene cabida algún tinglado más.
Sutil, delicado, educador,nostálgico...."Pase por favor"
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