martes, 3 de noviembre de 2020

Ageusia_Lidia Caro

Ageusia


Esta mañana, mientras arrojaba un pedazo de coca de llanda por el precipicio de la taza con café con leche, le he contado a M. que sin olfato no puedo tener sexo. Si a los ciegos se les agudiza el resto de sentidos cuando pierden la vista, yo pierdo el tacto y las ganas si no percibo olores y por tanto, sabores. Sexo como un trozo de poliestireno expandido o una tortita de arroz, de esas que comen las de mi oficina cuando están a régimen, y en el almuerzo son las del club del cortado con leche de avena y sacarina. La cerveza sin alcohol. La vida en fila india, todas andando por la sombra, pegadas al muro, sin levantar la voz. 

El trozo de coca había encallado en el culito del café, y Carlos Alsina daba las noticias de la mañana con la misma densidad y apariencia que los posos de la taza: una masa deforme de coronavirus y malos indicadores económicos. 

Al lavarme los dientes, una tosecilla ha brotado de mi garganta como una lenteja germinada. Después ha sido un garbanzo, y otro y otro y luego una piedra alargada como una punta lítica. Me he cubierto la boca con un pañuelo, al retirarlo esperaba que el blanco fuera rojo, ese rojo brillante y cinematográfico de la sangre recién estrenada. He buscado tuberculosis, pero en el papel no había nada. 

Con la tos, ha aparecido M., blandiendo un termómetro y preocupación. El pitido del termómetro suena como una carretilla elevadora yendo marcha atrás sin frenos por una rampa. El atropello se produce en el límite entre la febrícula (37 °C) y la fiebre (38 °C). He dado 37,9 °C y tres cuartas partes del cuadro sintomático del COVID. Un cuadro perezoso, de mercado chabacano de falsificación. El coronavirus es el Inditex de las enfermedades, vulgar y manido, y yo quiero ser como Bécquer, que murió por hemoptisis tuberculosa. El Mal du siècle tiene más caché que esta pandemia, que es una sucesión de sinsabores y BOEs. 


***


Insípido. No es que el Paracetamol tenga mucho sabor, pero es que esta pastilla me sabe a vacío, y el agua que la acompaña, que es del grifo y normalmente huele a tuberías viejas y cloro, parece de manantial.  

He perdido el gusto. 

He aprendido que “ageusia” es el término para designar la pérdida repentina del gusto. 

Voy a la nevera y cojo un pepinillo en salmuera. Tendría que ser ácido, dulce, agrio y salado, pero es como morder un hueso de sepia. M. entra en la cocina y le digo que nada tiene olor ni sabor. Me mira apenada desde un metro y medio, está triste por la distancia, y por mis papilas sin función, protuberancias absurdas Va en pijama y con la mascarilla puesta. Yo sigo con el pepinillo en la mano, me cae vinagre por la muñeca. M. alterna la mirada entre los goterones de vinagre que han impactado contra el suelo y mi cara, donde hay un par de pequeñas lágrimas enganchadas en mis mejillas. Pasan cuatro segundos que parecen cuatro moscardones torpes chocando contra las ventanas. Cuando cesa su zumbido imaginario, M. se quita la mascarilla para besarme. Lloro más, porque debería oler a naranjas aún verdes, las que ha exprimido esta mañana que empieza la temporada de cítricos. También a todo lo que ha cocinado hoy: en sus manos tendría que haber cardamomo, clavo, pimienta negra, ajo, mantequilla tostada, un corte sin cicatrizar y cúrcuma, pero sus manos ya no son las que conozco, esas que me tocan cuando apago el despertador y me quejo por levantarme, o sigo con leyendo de madrugada, con la luz de la mesita de noche que parece el flexo criminal de un dentista. 

Me siento desubicada, soy una niña pequeña perdida en un centro comercial de adultos lleno de piernas adultas que no conozco. 

38,1 °C. 

Baja laboral. 

Me acuesto y me diluyo en una página escrita por Daniel Monedero que dice «Se hurga en el cerebro en busca de alguna idea nueva. Aboceta frases que se acaban despeñando. Toma notas. Pero no encuentra nada valioso. Porque en realidad no deja de pensar en su vecino. Y ella sabe que para escribir necesita un trance especial».


***


En el recibidor de casa hay apiladas cuatro cajas de cartón con celofán de Amazon. Dentro de ellas, hay cajitas desechables para comida preparada. Platos, vasos y cuencos de un solo uso, con su tapa de plástico biodegradable con un icono de reciclaje sobreimpreso que sirve para limpiar conciencias. M. se los compra a un vendedor con muchas valoraciones positivas y faltas de ortografía. La descripción de su tienda la ha traducido del holandés al español Google Translator. NaturBio–Packaging3, el vendedor, tiene sede en Róterdam y le compra la producción a una fábrica en Dongguan, en la provincia de Cantón. Yo estuve en Dongguan cuando se podía viajar, y en esa ciudad vestí por primera vez mascarilla, porque su cielo irrespirable era de cadmio y mercurio. Cuando atardecía, el humo de los coches se convertía en una presencia naranja e irritante que envolvía los rascacielos abandonados y se enganchaba en las torres de alta tensión. En Dongguan tosía y no eran lentejas lo que expulsaba de mi pecho, eran esputos grises, una red de arrastre que me limaba la tráquea. En el mercado húmedo de Dongguan no vi murciélagos, vi un petirrojo en oferta.

Observo a M. sacar de la caja los envases que algún día llenará de un guiso espectacular que yo no probaré. Hay ochenta cajitas kraft que cumplen con veinte protocolos de seguridad alimentaria. Pienso que estamos encerradas en una de esas cajas desechables. Que todo es una caja desechable. Somos desechables. Somos una caja. Somos una casa a la que llegan muchas cajas, que ocupan metros cuadrados de un alquiler muy alto. Vivimos en un ático en la zona de la ciudad a más metros de altitud respecto al nivel del mar. Decir «vivo en un ático» esconde frío en invierno y calor en verano, además de palomas ofuscadas que anidan en los canalones. Pero si achinas los ojos, desde el balcón se ven montañas pálidas entre los edificios. Nos maquillan la ciudad. 

El termómetro-carretilla dice que tengo 38,7 °C.


***


M. y yo nos conocimos como se conocían antes las personas, en una fiesta. Con su ruido y su música cacofónica que te obliga a hablar pegando la boca a la oreja para no decir nada. No hay discurso, pero hay una oportunidad para rozar con el labio inferior el vello del lóbulo ajeno. Eloy Tizón dice que a veces, el éxito de la vida depende del lóbulo de una oreja. Si en ese instante de pieles finas le das al mute y relantizas los fotogramas por minuto, te topas con un microrrelato bellísimo. No recuerdo de qué hablamos, pero ella fue mi último WhatsApp de la noche y el primero de la mañana siguiente. Tres días después, quedamos para cenar. Antes de llegar al restaurante, nos habíamos bebido cuatro cervezas por cabeza. Entre la segunda y tercera cerveza, fui al baño. En el espejo rallado con pegatinas y pintadas —«Machete al machito», «Los hombres mueren y no son felices, «Tía, estás rara»— me vi peinándome y abriendo medio gramo de MDMA. Con el pulgar y el índice cogí un buen pellizco. MDMA para los nervios de la primera cita y un pantalón nuevo, con un pequeño bolsillo donde guardar el pollo, que me hacía buen culo. Dos años después, el pantalón ha cedido y M., en la sobremesa de un desayuno sin prisas, me contó que ella también tomó MDMA durante la cita, que se lo dió una amiga, quizás no tan amiga, y que se lo metió por la nariz, porque no sabía cuál era la vía de administración de aquello que iba en un pedazo de bolsa de Consum. Estuvo toda la noche rascándose la nariz y aspirando con incomodidad. Entremedias, hablaba a la velocidad de la letra pequeña de los anuncios de coche. 

La nariz de M. se puede atrapar con la punta de los dedos que sirven para pellizcar. Su nariz es una tercera parte que la mía, que hasta la cuarta cita, M. pensaba que era heradada de mi abuela iraní. Hasta la cuarta cita estuve aprendiendo a qué olía M. gracias a mi falsa nariz iraní. Lo que tengo de miopía lo compenso con olfato fino y capacidad narrativa. La cuarta cita fue una jam de jazz de la que ya no se pueden hacer, y me llevé un mordisco cariñoso por intentar sostener la mentira de las narices. 

Al día siguiente, en el trabajo, me arremangaba para repasar el dibujo de sus dientes marcado sobre mi antebrazo derecho. 


***


No tengo fiebre pero sigo sin recuperar el gusto. Estamos en la cama y el sábado entra por la ventana, aunque para el caso, podría ser lunes y el insulto sería menos ofensivo. Un lunes confinado no es nada en comparación a un fin de semana perdido mirando a una calle ocre donde solo hay una procesión entre el supermercado y la panadería. 

M. me desabrocha tres botones de la camisa del pijama y por reacción, me cubro con la sábana. Se ríe y mete su mano por debajo dmi pijama. Tengo la piel seca y destemplada. El tacto de su mano es agradable, pero no llega a placentero. Se detiene en mis pezones. Se detiene demasiado y yo no tengo ganas de sexo, ni de contestar a los cinco grupos de WhatsApp que ignoro. Estoy gris como un charco pisoteado en la Avenida del Cid. Le aparto el brazo y me escondo entre las sábanas, que están demasiado limpias. Esta cama está sufriendo un trastorno de personalidad y parece la de un hospital. M. se levanta sin decir nada y se mete en la ducha. No tengo gusto ni olfato, pero sí buen oído: sé que se está masturbando bajo la ducha. El ruido del gas en combustión del calentador ahoga sus gemidos no del todo disimulados.  


*** 


Me he quedado en que me gustaría ser Romántica y brillante, pero soy administrativa en una cooperativa vinícola. Llevo seis años en la misma empresa. El enólogo, Carlos, y la responsable de calidad, Ana, son los únicos a los que realmente considero amigos. Amigos en vez de compañeros. Compañero es con quien comes pan (lo decía el libro de latin de segundo de bachillerato: la palabra “compañero” deriva de comedere y panis) y con Carlos y Ana bebo y como los cacahuetes que robamos de la sala de catas. Me han enseñado a leer con la nariz el contenido de una copa. Tengo buen olfato e intuición vinícola, dicen. En las horas sin hojas de cálculo, me escapo del sopor de la oficina y me cuelo en su territorio: una nave llena de cubas metálicas que parecen latas gigantescas de melocotón en almíbar con pistones y manómetros. Carlos abre las cubas para comprobar cómo va el nivel de azúcar, y los tres metemos la cabeza dentro de la tinaja con mosto. La jornada se vuelve rosa en esos pequeños momentos sin pantalla y con etanol. Siempre que Ana me tiende una copa con mosto para que la pruebe y rozo con la punta de la nariz la superficie pegajosa del caldo, pienso en el sexo oral, que no se puede hacer sin olfato. El mosto hay que probarlo con un pequeño sorbo, aspirando aire para apreciar el sabor. Yo le doy un trago generoso que me tiñe de magenta las comisuras y no pienso en fermentación, ni en variedades de uva. 


*** 


La PCR ha salido negativa, como yo ante la ageusia. Esto no se va, o mejor, el gusto no vuelve. Me han dado el alta, ahora voy del trabajo a casa sin pasar por el taller de escritura ni por yoga ni por la biblioteca. Veo más series que nunca y el tiempo lo saco de no leer, ni escribir, ni descorchar vino. Esta casa sigue inapetente. M. pasa poco tiempo en ella y yo ni media hora en M.. Al no poder olerla se me desdibuja. 

Ha transcurrido una hora desde el toque de queda y M. aún no ha llegado. En la cocina hay una caja con castañas y un molde con restos de masa. M. debe de estar dejando un rastro a bizcocho de castañas por la ciudad. Si mi nariz no fuera cartílago y carne inútiles, y los establecimientos hosteleros no tuvieran que cerrar a las doce, seguiría ese rastro, y nos encontraríamos en el sofá hundido de un bar poco iluminado. 

Mando un mensaje a M. preguntándole que cuándo llega, y lo que no llega es el segundo tick azul. Contemplo la ausencia y me desvelo. Intento leer el libro de Monedero, pero no me concentro. Me da igual lo que le pase a Hope, la protagonista del cuento que me he leído tres veces. No hay esperanza para ti ni para mí, querida Hope. Dejo el libro, doy vueltas por la casa, riego las plantas que se están ahogando. No están acostumbradas al cuidado. Miro Instagram, miro los emails pendientes del móvil, miro dentro de la nevera, me miro los pies descalzos y la caja torácica que es un campo de arroz quemado. Me tamborileo las costillas. Acabo de inventar un ritual que, si se repite el determinado número de veces, te devuelve el gusto y el olfato. Lo hago cinco veces, respiro hondo y cojo una croqueta de jamón metida dentro de un tupper muy grande. Le doy un mordisco. Solo sabe a frío. La vuelvo a dejar, mordida, en el tupper. Me siento en el escritorio a tomar notas para un relato sobre perder el olfato. El ordenador no tiene batería y no sé dónde está el cargador. Cojo boli y  tres folios usados por una cara, son el albarán de los recipientes de un solo uso. Juego con el pulsador del boli y mordisqueo el clip. Primero suave, después con ansiedad. En uno de los mordiscos, el clip salta y se lleva parte del cuerpo del boli. Se rompe el tubo de la carga y la tinta azul salpica el escritorio, mi pijama, mis manos y mi cara. Tengo tinta en los labios, me la limpio con el dorso de la mano izquierda y me mancho más. Se me ha metido tinta en la boca y tengo los dientes y la lengua azulada. Nunca había notado que los Bic saben algo picantes, a ciruela madura y a café viejo.   

 

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