I
El mundo se expandía mientras nos precipitábamos a la sorpresa y al goce. Nos proyectábamos, crédulas, más allá de la linea del cielo. Decíamos: siempre, siempre, para siempre y un rayo nos atravesaba desde la coronilla hasta los talones y carbonizaba, con su onda expansiva, todo nuestro alrededor.
Berta se ganaba la vida como profesora de literatura en un instituto. Era lista, aunque no brillante, artista, pero no bohemia. Le gustaba reñir a sus alumnos, mirarlos en silencio con los labios apretados, la espalda recta, las aletas de la nariz hinchadas. Si había un gesto que la identificara era justo éste: Berta, ante la incompetencia del mundo, hinchaba las aletas de la nariz. A mí me ponía muchísimo imaginarla mientras reprendía a sus alumnos, pensaba: con esa lengüita que riñes me vas a comer el coño. Todos pensamos ciertas cosas. Mientras follábamos me gustaba imaginármela defendiendo su oposición ante el tribunal, tan docta, o interviniendo en las reuniones del claustro, toda pedagogía, como si le importara el destino de aquellos pobres desgraciados. Pensaba: si te vieran ahora… Yo era un ama de casa divorciada y provinciana, una mosquita muerta que malvivía de la pensión de alimentos que me pasaba mi ex. Ella, una mujer soltera, cosmopolita, fuerte, que a los 42 años había decidido que no tenía nada mejor que hacer que meter su oscilante nariz entre mis piernas.
Me gustaba su impaciencia ante la torpeza generalizada de la especie humana, me excitaba su suficiencia de experta. Verla corregir exámenes era todo un espectáculo: el cuerpo prieto, la mano derecha blandiendo el boli rojo avizor, los ojos en blanco ante el fallo y aquellos sonoros resoplidos. A cada error una negación de cabeza y un aleteo de nariz. ¡No saben nada! ¡No estudian! –decía– ¡Qué cruz! Y los padres, peor.
Su cerebro, su casa y su congelador estaban igual de ordenados. Su cajón de calcetines organizado por colores, tamaños y formas resultaba, en cierta medida, inquietante. Escribía poesía, decía, porque le gustaba el orden de las palabras. Hallaba en ellas una armonía, una música, una cadencia que le resultaba muy difícil de explicar.
Escribía en una libreta pequeña porque decía que sus poemas eran pequeños. Le gustaban de la marca Moleskine y de color rigurosamente negro, por la temática, decía. Miraba los poemas larguísimo rato y después tachaba, tachaba, tachaba. Tachaba con la misma inquina con la que corregía exámenes. Podía estar absorta en la misma hoja varios días seguidos, el cuerpo emitiendo el vaivén de los locos, como si sus entrañas contuvieran un metrónomo. Jamás me leyó un verso.
Nos conocimos justo antes del verano de 2019. El 19 de junio, cumpleaños de mi cuñado. Fue una noche de sexo revelador. Por la mañana volví a llamarla. También en los días siguientes, pero fue inflexible. No volvimos a vernos hasta que terminó de corregir, puso notas, asistió a reuniones y atendió a todos y cada uno de los padres que intentaron maquillar de bondad la acidia de sus hijos. Sólo entonces empezó el verano.
No pensamos en viajar. Nos encerramos en la casa que me había regalado mi exmarido por firmar la demanda de divorcio, dispuestas a pasar aquel verano la una junto a la otra. Piscina, alcohol y sexo. En hamacas de diseño, leíamos a Cheever. Nos dedicábamos a emborracharnos y a usar todo el elenco del cajón de vibradores que yo había acumulado novia tras novia. Cada una con sus gustos, con sus preferencias. Yo contemplando el milagro de todas.
Los había de varios colores pero predominaban el rosa, el negro y el morado. A las lesbianas no suelen gustarnos los que imitan formas de pene demasiado realistas. A mí me repugnan bastante los de color carne con venas y arrugas de plástico. Yo los compraba de acabados satinados, de silicona suave, en cajas negras con letras doradas que anunciaban su fácil manejo. Amigos de placer envueltos en bolsitas de terciopelo suave que prometían orgasmos múltiples siglo XXI, sin perder mucho tiempo.
Tenía succionadores que simulaban el sexo oral, masajeadores de hasta diez intensidades, con función de calentamiento, todos fáciles y rápidos de cargar. Potentes y silenciosos, con un motor o dos. Ergonómicos, seguros, capaces de doblarse hacia cualquier ángulo. Con control remoto, perfectos para llevar camuflados en la ropa interior.
Regalados, adquiridos en tienda o por Internet eran mi botín de niña rica y malcriada. Generalmente la abundancia compensa carencias detestables.
Miraba los juguetitos y pensaba: éste le gustaba a… este era el preferido de… Y también: ésta me quiso más, ésta me quiso menos… y así seguía hasta que mi ego se daba cuenta y bloqueaba el pensamiento. Rehuía de confesarme las cosas. Mi cabeza era un teatro repleto de público dispuesto a juzgar la obra. Incómoda, sobrevivía. Para lo hardcore, había desarrollado una capacidad muy bestia de desmemoria.
–¿Cuántas novias has tenido? –preguntó una tarde Berta al mirar aquel cajón repleto de colores y formas.
–Pocas, muy pocas –mentí–. ¿Y tú?
–Ya te lo he dicho. Tú eres mi primera mujer. Yo no soy lesbiana, sólo me gustas tú.
–Es extraño eso, ¿no?
–Para nada –decía–, para nada es extraño. Yo soy muy corriente.
Falso. Berta tenía la extravagancia de un personaje de novela. Sonreía, desplegaba su nariz alada, apretaba los labios y eras suya.
–Lo mismo eres lesbiana –dije– y no lo sabes. Les pasa a muchas. Los súpers están llenos de mujeres que son lesbianas sin saberlo. Madres, con hijos en el instituto, también muchas.
–Empezaré por comprar por Internet.
–Elige uno –dije. Señalé con el mentón el cajón abierto.
Empezó a dar vueltas sobre sí misma con los ojos cerrados.
–Gallinita ciega, gallinita ciega –dijo.
Tentó con la mano el aire a su alrededor. Fruncía la nariz, olisqueando como un perro. Chocó con mi brazo que acarició despacio hasta que tomó mi mano. La llevó por dentro de sus pantalones y la metió debajo de las bragas.
–Mira –dijo en un susurro cerca de mi oreja–. ¿Lo notas? Por aquí pasa un río / por aquí tus pisadas fueron embelleciendo las arenas.
II
Bebíamos vino de la mañana a la noche. El vino. Siempre el vino. Follar con vino. Cenar con vino. Reír, oler, tragar el vino, el vino, el vino.
Mi mente citaba el título de la biografía de Neruda al abrir el cajón de los juguetes. Decía: Confieso que he vivido. Qué ingenua era. Más que abrir era desvelar: descubrir algo oculto, quitar el velo que lo cubre. El contenido de aquella cómoda olía a caramelos de violeta y al crujiente de hojaldre que se deshace en la boca.
Berta me miraba y sonreía. Me decía: Ven aquí, y pasaba su lengua por mi cara, alrededor de mis labios. Entonces el deseo aniquilaba cualquier otro propósito. Me gustaba estar cautiva en aquella sensualidad. Alejaba, a fuerza de orgasmos, la soledad y la muerte.
Berta entraba por la puerta a la vuelta de cualquier recado y me saltaba encima, como si quisiera tragarme. Hacíamos el amor durante horas. Se restregaba como un gato, me chupaba, me arrancaba la ropa y jadeaba. Yo, simplemente, me dejaba hacer.
Siempre he sido una amante versátil, pero con ella no había duda, sabía muy lo que tocaba, lo que esperaba, lo que quería de mí. Me acurrucaba en el fondo de la última esquina, detrás del extremo posterior por la parte de abajo y, con el corazón en un puño, agazapada en el último resquicio posible, esperaba a que Berta me asaltara, me absorbiera, me tragara hasta hacerme desaparecer.
III
No había tenido relaciones con mujeres siempre. Era, lo que alguna de mis amigas llamaba, una lesbiana tardía. Había dilapidado adolescencia y juventud dentro de la más aburrida heterosexualidad. Después descubrí que de la heterosexualidad se sale más fácil que del diazepam, pero hasta ese descubrimiento estuve con muchos chicos, conocí a algunos hombres y terminé casándome con un santo. Lo engañé, le dije que tomaba la píldora y tuvimos a Lita. Hay quien estudia oposiciones. Yo era más tradicional. Una vez asentada en mi mansión, con dos coches, dos perros y un marido con un despacho de abogados que comenzaba a ingresar mucho dinero, todo aquello empezó a quedarse pequeño. Él me dijo un día que le molestaba que fumara y yo pensé que a mí me molestaba todo él, sin apartes ni resquicios.
Las amantes llegaron de una forma sencilla y espontánea. Había venido a comer a casa toda mi familia: mis padres, mis hermanos, tíos, primos y mi santo varón cocinaba para todos ellos un enorme gazpacho. Medio borracha, fui al baño y mientras me desabrochaba los Levi´s falsamente desgastados me miré al espejo y le dije a mi reflejo: ¿Quién eres? Los de fuera pensaban algo que no era cierto. ¿Quién eres? Repetí.
Aquella misma noche me di de alta en Wapa, una página de contactos para lesbianas.
IV
En aquellos días del primer verano de nuestra relación adoptamos, además de la de los vibradores, otra costumbre de usurpación: el chalé guardaba más cosas que no eran nuestras y que íbamos a usar.
Vivía en una casa de tres plantas y en la última, semienterrada, además de garaje para tres coches, trastero y bodega, había una habitación de juegos con billar, futbolín y cuatro camas que usaban mi hija adolescente y sus amigas. Allí era donde fumaban porros, pedían pizzas y se grababan vídeos dudosos que después colgaban en Instagram. Berta me enseñaba aquellos videos, pero yo me hacía la rubia. Mi hija entonces vivía con su padre y me visitaba un fin de semana cada quince días, así que cuando lo hacía me resultaba tremendamente esforzado interpretar el papel de bibliotecaria agria con gafas de presbicia a mitad del puente. La dejaba campar a sus anchas.
Mi hija y Berta se llevaban muy mal. Berta, de hecho, aborrecía a todos los adolescentes aunque viviese de ellos. Esa era su cruz. Con mi hija, de caerse mal pasaron al odio. Por eso daba manga ancha a Lita e intentaba mantenerlas alejadas la una de la otra. Cada una en una planta del majestuoso chalé. Berta arriba. Lita abajo. Y yo en medio de aquellos dos polos que estiraban en direcciones opuestas. Pero Berta no entendía de alturas, de fronteras, ni cerrojos.
–¿Qué hay en al armario del sótano, el que está junto a la habitación de Lita?– preguntó un día.
–¿Has bajado? ¿Y eso? Te habrá tumbado el olor a porros.
–Me aburro. A veces, cuando sales, me gusta hacer excursiones, registrarlo todo. Inspeccionar. ¿Te importa?
–Sabes que no –dije algo incómoda–. Ésta es tu casa.
–¿Y qué hay en ese armario de ésta, mi casa ?
–Ropa –contesté.
–Ya, ya. ¿De quién? Digo.
Son trofeos, pensé. Rápida, interpreté una falsa bondad.
–Ese armario guarda olvidos, amor. Cosas que se dejan esperando volver. De mis ex. Es complicado –dije.
–¿Y por qué no te deshaces de todo? ¿Por qué no lo tiras a la basura?
–No sé. A veces las cosas ajenas te pesan y quieres alejarlas –metí. Cuando miraba todo aquello sonreía y pensaba: que se jodan–. Supongo que lo dejo ahí para no verlo. Cuando todo acaba me sabe mal tirarlo por si lo piden. Después nadie reclama nada y se queda perpetuo.
–Buf –dijo Berta.
–Coge una bolsa de basura de jardín, anda. Nos desharemos de esa mierda ahora mismo –dije.
Bajamos juntas al sótano dispuestas a acabar con todo aquello. Abrimos el armario. Aquel olor me encantaba. De reojo vi cómo Berta movía su nariz alada. Allí estaba todo mi historial afectivo. Estaban las botas de montaña de Lorena, varias mallas de correr de Alicia, un par de vestidos de verano de Anita, la camiseta de tirantes preferida de Julia…
–¡Vaya! –exclamó Berta– Qué desprendimiento, qué generosidad. Aquí hay tela de cosas.
–Sí, demasiadas.
–¿Y no lo piden? –dijo–. Esto fuera, esto fuera, esto fuera…
Cogía ropa y la lanzaba al suelo.
–Basura –dije.
Pasó varias perchas de derecha a izquierda y de pronto se detuvo. Vi cómo su nariz se arqueaba, abriéndose como la compuerta del brazal de una acequia.
–A ver éste.
Berta se colocó un vestido delante del pecho, calculando la talla. Era rojo, largo, de pana, con escote pronunciado. Era de Lucía.
–Es bonito –dijo–.
–Pse –dije–. No sé.
Aquel vestido me gustaba mucho, tanto como me gustó su dueña. Un día sin más se esfumó. Era una mujer gato. Mirarlo fue una bofetada.
–¿Será mi talla?
–Pruébatelo– dije.
Berta me miró divertida.
–¿Seguro? ¿No te importa?
–No, claro, adelante.
Arrugó el vestido y se lo llevó a la cara para olerlo. Cerró los ojos y aspiró despacio.
–¿Está limpio? –dijo. Y sin esperar respuesta continuó–. ¿Quién era más delgada ella o yo?
–Tú.
–Ya –dijo incrédula.
–Tú eres la novia más guapa que he tenido. La mujer más bella que conozco.
–Yo no soy tu novia –dijo. Berta se acercó y nos besamos– Nada de novias.
Se deshizo de su ropa con lentitud, mirando cómo la miraba. Con parsimonia, recreándose en cada movimiento, se puso el vestido rojo. De pronto empezó a caminar como si estuviera en una pasarela.
–Primavera-verano 2016 –dijo.
–¡Pero si es de invierno! ¡Ese vestido es de pana!
Berta rió.
–Qué poco entiende el vulgo de moda –dijo–. Es verano, no ve qué calor. –Cogió mi mano y la metió en su escote que estaba mojado de sudor–. Fashion week.
Cruzaba los pies por delante del cuerpo, primero uno y después el otro.
–¿No es fantástica esta forma de caminar?– dijo– Yo siempre camino así por el súper.
Ciertamente era ridícula, pero el vestido le sentaba muy bien. Estaba preciosa.
–Disculpe, unas preguntas para RandomTV, de Londres –dije.
Con una mano simulé sostener un micro, con la otra la cogí de la cintura, la atraje hacia mí y le levanté la falda. Con fuerza. Sentí que me gustaba estirar de aquella falda hacia arriba.
–Dispare –dijo–, no tengo todo el día.
–¿Son ciertos los rumores que la relacionan sentimentalmente con una mujer?
–Siguiente pregunta –dijo.
Me agaché. De rodillas en el suelo le levanté la falda por encima de la cintura, apreté sus nalgas y la atraje con fuerza hasta mi cara. Entonces olí sus bragas. Mi aliento y después mi lengua humedecieron la tela de licra negra. Una vaharada de calidez me rodeó como la niebla. Más allá de ella todo era impreciso.
V
Claro que había quien no se dejaba nada. Tuve algunas amantes que ni siquiera conocieron mi casa. Relaciones obtusas, desesperadas, la búsqueda hacia afuera de la aceptación y el amor que yo no era capaz de darme. Hubo de todo. Alcohólicas, adictas al trankimazin, suicidas en perpetua tentativa…
Hubo a una acupuntora de nariz formidable y vidriosos ojos azules que al dejarla peinó la casa: abrió cajones, subió escaleras, escudriñó armarios y miró hasta debajo de las sillas en busca de objetos propios. Se notaba que tenía experiencia, lo hacía para no olvidar nada. Yo contemplaba sus movimientos con la misma intención: para no olvidar. Días antes, en la cola del súper me había dado ya alguna pista: con todos los productos de una cena romántica sobre la cinta y la cajera como testigo, apretó un bote contra su pecho y anunció que ella pagaba las aceitunas. Tuve que invitarla a la cena.
Olía a toalla mojada de días. A veces lo feo tiene su encanto.
El consolador de camuflaje y las correas de cuero se las llevó. Olvidó en cambio un par de masajeadores de espalda de madera y unos aceites esenciales “muy caros”, decía, con los que me daba masajes a los que ponía precio al acabar.
–Por esto mismo que te acabo de hacer –decía–, una fisio buena te cobra más de ochenta euros.
No le guardo rencor, ni a ella ni a ninguna. A todas, gracias. Emily Dickinson decía que el agua se aprende por la sed, la Tierra por los océanos atravesados, el éxtasis por la agonía.
IV
Berta decía que la Dickinson estaba sobrevalorada, que no había que fiarse de lo que dijera alguien capaz de enamorarse de su cuñada. Decía que no soportaba que hubiera estado con ninguna mujer antes que ella, que las anteriores parejas, las suyas y las mías, eran una vergüenza, una verdadera catástrofe. Yo tendría que haberla amado solo a ella y ella solo a mí, desde siempre. Yo le decía lo obvio, que no se podía borrar el pasado ni volver atrás. Callaba que de ninguna manera querría borrarlo. El pasado estaba ahí, fragante, y ahora ya sólo teníamos la vida por delante.
Aquella noche del vestido rojo quedamos en que al día siguiente nos desharíamos de todo aquello. Lo aniquilaríamos, pero lo cierto es que en los días siguientes no se hizo mención. El exterminio había quedado a medias.
Una mañana, volví de correr y encontré a Berta con unos pantalones anchos y sedosos de color verde oliva. Enseguida me di cuenta de que no eran suyos. El estampado era demasiado llamativo, para nada su estilo sobrio, de maestra de pueblo un poco aniñada. Además del pantalón no llevaba nada puesto, estaba desnuda de cintura para arriba y me miraba con la boca entreabierta, con un gesto característico suyo, su gesto de deseo.
No llegamos nunca a descifrar qué es aquello que nos coge las entrañas, pero está bien aceptarlo. La esquizofrenia católica, pasado el orgasmo, nos hace no mirar. Yo sólo sé que quería despegar aquellos pantalones de su cuerpo. Me gustaba tirar de ellos hacia abajo, desnudarla, arrancárselos con fuerza. Con ellos puestos la deseaba y el gesto brusco de estirar de aquella ropa para liberarla hacía que la deseara aún más. Quería borrar con ella todos mis fracasos. Quería apartar de ella todos los pedazos de mi infelicidad sentimental.
En los días siguientes comprobé que la ropa que había quedado tirada en el suelo había vuelto al armario del que había salido. Estaba otra vez colgada en perchas o doblada, bien doblada, en los estantes. Berta no decía nada. Sorprendida, me di cuenta además de que algo estaba cambiando. Berta y su olor estaban también allí, mezclados de forma imprecisa con las otras prendas.
Empecé a hacer excursiones al sótano sin que me viera. Escapadas. Abría el armario y aspiraba el olor misceláneo que desprendía. Asqueada y excitada, iba acariciando prenda a prenda hasta que imaginaba a Berta vestida con alguna y fantaseaba con arrancársela. Metía la cara entre las perchas y allí mismo, de pie, me masturbaba.
La cosa siguió en los días posteriores: de pronto Berta usaba al acostarse un pijama de muaré, a media mañana una camiseta de correr amarilla fluorescente, para salir a cenar un pantalón vaquero de marca.
Aquellas ropas olvidadas terminaron por unirnos.
Cuando Berta las usaba no lo nombrábamos, no hacíamos referencia a lo nuevo. No hablábamos del tema. Lo esquivábamos como si fuese un precipicio que nos pudiera tragar. Solo sé que miraba a Berta y le decía: estás muy guapa. Ella me mordía el cuello y jadeaba en mi oreja. Yo estiraba y estiraba para liberarla. A veces desgarraba las prendas y ella quedaba medio desnuda, con la ropa ajada, jadeante, con su eterna mirada animal, agitando las alas de su grandiosa nariz.
VII
Han pasado siete años de aquello. Berta ya no está. Murió hace ahora casi nueve meses y yo estoy sola, paralizada en un mundo que se encoge en un consabido antedicho, en una asquerosa redundancia.
Siempre, siempre, para siempre. Los muertos se llevan lo soñado calle abajo. Vivir es aprender que los siempre duran con suerte algún tiempo, hasta que se los traga el olvido.
Berta resultó ser la mujer que todas buscamos. Ni mejor, ni peor que las otras. Simplemente con quien, aquella otra vida con la que a veces soñamos, fue posible.
Nos casamos después del verano sin decírselo a nadie. Lita y el chico al que llamaba novio esa semana fueron nuestros testigos. Berta tenía problemas con su familia, no aceptaban su homosexualidad, así que fue una boda sin fiesta.
La casa, con sus tres alturas, la vendimos poco después y nos vinimos a vivir a Toronto con un programa de docencia internacional. Berta dejó su trabajo pero no a sus odiados adolescentes, siguió trabajando de profesora de literatura todo este tiempo. Corrigiendo exámenes, resoplando sonoramente, generando viento con el precioso aleteo de su nariz.
Mi hija insiste en que vuelva, que venda todo, liquide y vuelva. ¿Cómo explicar, sin lastimarla, que España no importa?
A veces paseo por el bosque que hay cerca de casa. Me sienta bien caminar. A la vuelta pongo de comer a Elvis, preparo un té, leo. A veces es la tapa del libro, una taza o el aire que se alza al desplomarme sobre su butaca… Entonces me quedo muy quieta, inmóvil, estatua, paladeando lo único que aún poseo en el mundo: el privilegio de su olor en mi memoria.
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