lunes, 9 de noviembre de 2020

 

El relativo frío

“Nariz de patata de secundario de películas de safaris de Hollywood”, lo leí y lo volví a leer.  Cinco “des”, muy hechas adrede, me impedían digerir al completo el mensaje. Una vez releído y descifrado, para lo que necesité mirar la foto de Javier Reverte fallecido el día anterior, me entraron ganas de llorar. El calificativo, que el periodista Jacinto Antón hacía del gran viajero y escritor, me pareció perfecto, adorable, suculento. Pensé que detrás de él debía de haber un cariño alimentado por el descubrimiento mutuo de que de verdad no somos nadie.

Soñé esa noche con narices. Se me presentó la de Jean Paul Belmondo y di un bandazo en la cama, creía que estaba en un ring. Me levanté y corrí a mirarme al espejo para ver si tenía algún moratón. Contemplé mi rostro intacto y la vista se me fue a la nariz, ridícula, fina, estrecha, sin motivación de existir, daban ganas de abrazarla para que avanzase en la vida. Decidí sin falta llevarla a un coach al día siguiente.

No pude regresar a la cama. Estaba inquieta. ¿Cómo había podido pasar tanto tiempo sin comprender que mi nariz me necesitaba?  Pensé que sí, sí que había dado señales de alerta pero yo no las había comprendido.  Pensándolo bien sucedían en invierno, cuando estaba tranquilamente sentada en el sillón con mi mantita viendo la película de turno o al despertarme de una siesta o al leer en la cama antes de dormir.  La placidez de todos esos momentos quedaba empañada por una sensación de frío en la punta de la nariz. Ella me reclamaba, algo necesitaba.

Yo, ingenua de mí, en esos momentos me inventaba las mil maneras de proteger ese trozo de carne tan ridículo, no de escucharla al completo.  Entonces me lanzaba a lo más lógico, cubrirla con la mantita, pero al tener que sujetarla era un incordio. En la cama al leer me tapaba hasta la nariz, entonces no había Dios que distinguiese bien las letras. A veces me encontraba pellizcándome con el pulgar y el índice esa punta que es la que olisquea, la que está desamparada, a la intemperie, enfrentada al mundo. Mi nariz era una zanahoria que podía poner en un guiso de ternera y siempre estaría calentita. Esa era la solución que yo a escondidas soñaba.

No hice caso la primera vez que sentí ese frío, algo pasajero, me dije. Cuando comenzó a darme la lata pensé que era cosa de la edad. Un nuevo algoritmo incómodo que incluir en mi rutina. Además, difícil de compartir, ¿quién me iba a escuchar? nimiedades me dirían. Ya podía oír las carcajadas de mi marido, la indiferencia de mi hija, el hazmerreír de los amigos. Toda yo me convertiría en un absurdo. Siempre digo que los asuntos sencillos suelen ser los más importantes pero nadie me hace caso.

Y si fuese al psicólogo me dije. Él me orientaría. Llevé mis pasos hacia la cocina. Ante una copa de vino o una infusión decidí que esta última. Mientras esperaba el zumbido del hervidor de agua me fijé en la foto de mi padre que tenía con un imán en la nevera. Estaba de fiesta, en el campo, con otros familiares de edad avanzad, igual que él. Como un milagro todos llevaban una guirnalda hawaiana al cuello. Parecía que había un momento de tregua en la vida de todos ellos, era un momento de abandono general, un relámpago cinematográfico que se merecían, un homenaje en el subconsciente a la locura, a los colores, a la infancia y a dejar de lado la responsabilidad.

Silbó el agua y apagué el fuego. Abrí un armario, cogí una copa, me dirigí al cuarto de la plancha y me agencié la botella de vino allí escondida. Me serví. Con el primer trago no me quise sentar, podía helarse la punta de mi nariz. Era febrero.

 Me puse a observar a mis familiares, todos ya fallecidos. De golpe me invadió el olor más primitivo que recuerdo, el de la comida para los cerdos que preparaba la vecina en mi niñez. Una mujer anciana, grande, fuerte, con garra, el pelo blanco, vestida de negro, con delantal gris y verrugas en el rostro, Roberta.  Si la de Javier Reverte era “nariz de patata de secundario de películas de safaris de Hollywood” la de mi vecina sería “nariz de boniato de bruja oculta de pueblo que friega en bares y tiene cerdos”.  Yo la quería mucho a pesar de su nariz.

 Me dejo transportar a aquella época y veo el humo salir por la gran puerta de casa Roberta Una puerta de madera que igual da paso a los  habitantes que a los cerdos, caballos o terneros. Me asomó, ella da vueltas con un largo palo al brebaje de un barreño enorme. Me llama, le digo que tengo frío en la nariz, se ríe y me hace ademán para que entre. Voy, me pongo a su lado, soy pequeña de nuevo, ella me mira con condescendencia, el humo de la comida para los cerdos me envuelve y floto. Ella sonríe. Nada más.

De pronto me veo otra vez observando las guirnaldas hawaianas. Demasiadas narices. Sólo me interesa la de mi padre, digna, elegante, respetuosa, con un corte perfecto. Yo creo que le pesó demasiado. No pude preguntarle si a él se le helaba el final de su nariz, imagino que sí porque le recuerdo por las noches leyendo la prensa al lado de la chimenea y pasarse muy a menudo uno de sus pañuelos de tela con sus iniciales bordadas. Debió pensar que era cosa de la edad. Yo no quiero resignarme.

Me relleno la copa. Otro gallo cantaría, pienso, si me hubiese casado con un novio que le encantaba morderme la nariz. Por favor, que mi marido no se entere, aunque seguro que él también se debe acordar por otros motivos de alguna de sus novias. Me habló de una que se llamaba Cuca,  melena larga y nariz de Cleopatra, decía. Entonces se quedaba unos segundos mirando al infinito. Yo no sabía qué pensar, me venía la imagen de Richard Burton y el nombre de Cuca me ponía un poco nerviosa. No quería preguntar más porque yo nunca le había hablado a mi marido de Antonio. Yo con Antonio, otro de mis novios, necesitaba sí o sí husmearle el sobaco, me extasiaba, ¡vamos! que me ponía. Era un rito de reconocimiento necesario. Con mi marido no me pasa. “Muts i a la gabià” que decía mi padre.

Está bueno este vino. Yo creo que mi nariz se parece a la de mi abuela materna. Tampoco le pregunté a ella sobre si tenía frío. No estaba yo en esos tiempos para cosas tan importantes. De mi abuela sólo tengo un azucarero, es art decó, de porcelana naranja y blanco. Mi hija, que tiene la nariz chata, se dedicó a cortarlo con unas tijeras, nadie le había explicado que eso no se puede hacer. Cuando me encuentro alicaída lo cojo y meto la nariz dentro. Huele siempre a acogimiento, a protección. Yo veo el azucarero y ya percibo ese olor, es un olor suave, cálido, un olor de un color pastel, un color de cuento. La nariz dentro sólo la pongo en esos momentos especiales, no sea que se acabe su aroma.

 

Ya me está entrando el frío en la punta de la nariz. Si otros tuviesen mi nariz tal vez no les pasase. En la vida es todo tan relativo. Unos tienen calor y otros no. Unas creen que hay que comer carne y otras no. Unos ven su nariz grande y otros la ven pequeña. Unos dicen que la tierra es redonda y otros que es plana. No somos nadie.

Mientras acabo esta copa voy a hacer una funda de ganchillo. Caminaré con ella por la noche hacía el infinito. Así sabré si es relativo o no, este frío, este infinito

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