lunes, 9 de noviembre de 2020

El Club de las narices Ilustradas

No había reparado en mi nariz hasta que el guapo de la clase me gritó que me pusiera de perfil. La vergüenza me iluminó como un foco. Al principio porque se había fijado en mí. Luego porque no supe interpretar las risas de mis compañeros. 

Llegué a casa con la mochila cruzada y la ambigüedad codificada. Y mi padre, lejos de proteger mi mentalidad naif con palabras purpurina y adjetivos de algodón, transcribió con una sonrisa socarrona el primer trauma de mi existencia:

Bueno, es que tenemos una familia con mucha personalidad.

Personalidad, dícese del conjunto de rasgos y cualidades que configuran la manera de ser de una persona y la diferencian de las demás. 

¿En qué quedamos? Si tener personalidad era una cualidad, ¿por qué tanta risa? No contenta con el resultado, desnudé a ese hipócrita eufemismo ante el espejo del baño. El reflejo sobre mi espejito de Hello Kitty me mostró, sin opacidad ninguna, ese peñón abrupto salido de la nada, de la oscuridad más remota. Siete años de sigilosos movimientos tectónicos presionando desde los más profundo de mi cara hasta erigirse cordillera. 



Tras ese incidente, se convirtió en el típico grano que sabes que está, que no te ves, pero todo el mundo mira. Se acabaron las coletas tirantes y el flequillo corto. De repente me vi inmersa en una espiral en la que ella era el centro del universo. Y de mi cara. Y por si fuera poco, condicionó el reparto de la herencia del abuelo anteponiéndose a mi voluntad, «mira, si tienen la misma nariz. Él hubiese querido que se quedase con él». Y me endosaron a mí ese busto imposible de colocar, que más que una cara con nariz, era una nariz con cara. Me imaginé al abuelo, una tarde de estreno, a punta de batuta, y de repente,  justo antes de dar paso a los violines, igual que en una revelación, diciéndose: «Hoy sí, hoy voy a encargar una réplica de mi cara». Y luego al escultor, con sus moldes hechos a base de haber embadurnado al abuelo en arcilla, sorprendido al gastar la mitad del presupuesto en perfilar esa robusta, triangular, saliente y falicona nariz. 



Coloqué esa especie de trofeo de taxidermista en la estantería del estudio, enclaustrado entre Murakami y Amy Tan, a la espera de que la literatura oriental le transmitiese algo de sentimiento zen a la imagen rígida que tanto había proyectado. Sin embargo, seguía observándome de forma arbitraria, en silencio pétreo y mortecino. Desde las gradas de mi biblioteca, parecía un emperador romano, laureado entre autores, mis autores, estratega, vigilante desde cualquier ángulo de la habitación en que me encontrara. Él era ese tipo de persona que pertenece a los púlpitos, a los escenarios, a la actividad de los aplausos. Y yo me sentía echada a los leones, junto con los gladiadores, con su pulgar a punto de direccionarse hacia abajo, exigiéndome ser una tenaz corredora olímpica, a mí que odio el running, con el deber de portar, con la barbilla alzada y la mano en el pecho, nuestro blasón genético.



Con el pasar de los días me acostumbré, cada vez más, a su tibia presencia. Luego llegó el invierno y con él el frío. Entonces pasó. Escuché un estornudo que provenía de la biblioteca. Inexplicable. Me acerqué y observé de cerca al abuelo, como nunca antes lo había hecho. Identifiqué algo parecido a un tatuaje con forma triangular y un par de alas en el cuello. Era una nariz alada, al tacto rugosa. Entonces, sin saber cómo, accioné algún mecanismo oculto que hizo que saliese, de sus fosas nasales, un pergamino fino y amarillento, atado con un hilo rojo. Lo desenrollé con cuidado y leí:



«C.N.I. El Club de las Narices Ilustradas. Calle de las Cestas, número par».



Mi asombro fue pandémico. Esa si que no me la esperaba. De nuevo, más narices aflorando de la nada, como nenúfares. ¡Qué guardadito se lo tenía! Me encontraba ante la posibilidad de descubrir el submundo escondido del abuelo. Ahora era más fácil entender la satisfacción con la que llevaba esa insignia familiar. Solo los miembros de un club con ese nombre serían capaces de hacerlo. 



Cuando llegué, la entrada no me pareció gran cosa. Anodina, sin más. En mi cabeza la había imaginado de otra forma, con una puerta secreta y candelabros colgando de la pared. Demasiadas películas. Sin embargo, disponía de telefonillo. Cochambroso, eso sí. Me resultó fácil dar con el timbre tras identificar esa nariz alada.

Mon pare no té nasdijo alguien por el telefonillo.

¿Ma mare és xata?contesté dudosa.

Y la puerta se abrió. 

Subí a pie, no porque fuese el primer piso, sino porque era el típico rellano en el cual, aunque había hueco, no había ascensor. Me recibió, ahora sí, de película, un encapuchado iluminado apenas con un farolillo led. Nunca entendí porque la estética debía estar reñida con la funcionalidad. Hubiese dicho que su outfit era de postureo medieval si no fuera porque, además, llevaba encima una bata de andar por casa. Era una imagen ecléctica. Conseguía conjugar, no sé si con pretenciosidad, el estilismo de un cura franciscano con el atuendo comprado en un mercadillo de domingo, junto con los melocotones. 

La oscuridad se adosaba en las paredes. Y el frío, ese regalado al comprar un piso en Valencia, como los cuchillos de Bancaja, me recordaba que debía mantenerme en vilo.

El encapuchado me guió en silencio, quizás tenía la garganta irritada, hasta una habitación donde había tres encapuchados más. De nuevo rostros invisibles ante la poca capacidad lumínica de esos farolillos. Con total seguridad, los adquirieron en el mercadillo junto con los batines. Quizás les habría convenido más pertenecer al club de los Illuminati, aunque reconocía en mi abuelo esa oscuridad a la que nos tenía acostumbrados en la distancia. Estaban sentados alrededor de una mesa de juntas, con mantas echadas por encima de las piernas. De nuevo, frío. Frío y oscuridad.

¡Achís! —estornudé.

Poned a la joven una taza de té —gritó la mujer que presidía la mesa, con voz esponjosa.

El encapuchado guía me ofreció una manta. No la rechacé. Aún andrajosa, olía bien.

Disculpa este recibimiento. Desde que se han borrado más de la mitad de los socios, apenas nos llega para pagar la luz. 

    La mujer se acercó hasta mí. Su voz parecía más joven de lo que su piel de segunda mitad de siglo mostraba. Pero la guinda de su cara, o más bien el pastel entero, pertenecía a esa desproporcionada nariz. 

Con la pérdida de tu abuelo, nuestro club es cada día más miserable. Él fue durante muchos años nuestra nariz más ilustre. Ahora, no tenemos propósito. 

Eso es porque estamos anticuadas —dijo de nuevo la otra encapuchada.

Ya hemos hablado de eso, Carmina. Representamos una herencia que hay que preservar de la forma más pura posible. Como marca la tradicióncontestó la nariguda mujer.

Eres una antigua—contestó Carmina—. Si fuéramos a la moda, como Helga, habría más gente que querría formar parte de nuestro club. 

Lo mío fue una operación de cornetes. Nunca quise que me limaran el puente.

Tú lo que eres es una traidora —dijo otra encapuchada—. Te operaste la nariz con la excusa de los cornetes.

¡Silencio! —gritó la mujer de voz esponjosa.



             ...continuará….



















No hay comentarios:

Publicar un comentario

  PUERTAS Me hacen pensar las puertas, las de madera, las de acero, las de cristal, las de aluminio, qué feas, las minimalistas, las ya vi...