¡Mirad qué bebé tan feo!
Esta frase la grita una mujer en un parque de juegos infantiles. Lo hace mientras señala con su nariz el interior de un carrito de bebé. La madre, angustiada, sujeta el carro por el asa forrada en piel de calidad (800 euros el dos piezas, regalo de su suegra) y traga saliva. Otras mujeres se acercan y crean un círculo alrededor. Meten la nariz en el interior del carro y olisquean, picotean, cacarean, como un coro de gallinas. ¡Qué flacucho! Qué va, está gordo, demasiado gordo, ¿no ves la papada? El niño, asustado por el brillo del filo de las narices, pone pucheros y finalmente rompe a llorar. ¡Mirad cómo llora! Antipático a más no poder. ¡Lloro-ón, lloro-ón, lloro-ón! La madre trata de calmarlo. No le pongas chupete, le deformarás el paladar. Qué cómodo el chupete, pan para hoy y ortodoncia para mañana. ¡Pero qué horroroso y feo que es, el pobre! Horroroso, horroroso. Repugnante. Nauseabundo. Infecto y hediondo, dice otra mientras olfatea a su alrededor. ¿No se habrá hecho caca? Entonces se hace un silencio y todas miran a la madre.
¿Qué le das de comer?
En una coreografía perfecta cruzan los brazos, las comisuras de los labios apuntado al suelo. Todas asienten en silencio su desaprobación. Una se abre camino entre las demás a codazos y rebusca, nerviosa, en el bolso que cuelga del carro. Bolso a juego, varios compartimentos, todo muy cool. Finalmente extrae un biberón y lo alza al cielo apuntando a Dios como testigo. Ya va saliendo el pecado, ya va saliendo el pecado, dice. ¡La culpa es del biberón! Su madre, la muy vaga, no quiere darle el pecho. Co, co, co, las gallinas picotean el maíz. ¿Verdad que no, cielo? ¿Verdad que cansa dar el pecho? ¡Desalmada! Así tiene tiempo de hacerse la manicura, dice otra mientras le estira del pelo. O de dormir toda la mañana. O de fumar, la muy guarra. Inspecciona los dedos corazón e índice que amarillean de nicotina. Arrastra la erre, guarrrrrra, unos segundos, y es la vibración sonora lo que rasga lo imperceptible. Sí, se ve que fuma y más cosas. Todo se ve a simple vista.
Poco a poco las narices de las mujeres se van convirtiendo en una especie de pico y ellas en una bandada de buitres negros que después son hombres de traje negro y después obispos con sotanas negras. Pido perdón a los negros por este castellano negro. Los hombres, los buitres, los obispos extraen la carroña del interior del carrito con gesto de placer. El bajo de la orilla de las sotanas ondea al viento con elegancia, dando a la escena una especie de armonía épica final.
Fundido a negro.
Telón.
Sospecho que hay una conexión directa entre lactancia materna y patriarcado.
Me gusta mucho saltar al interior de una jauría de lobos hambrientos.
Desconfío de las bondades del “jódete que es muy bueno”, del término “a demanda”, del rechazo a la epidural, del colecho, de las minicunas y de todas las teorías pediátricas que exijan el exterminio de la personalidad e independencia de la mujer en pos de los intereses de los demás.
Las mujeres que tienen miedo de sus propios deseos tratan de perpetuar su esclavitud, servir de ejemplo, abanderar la procesión de la buena mártir.
Cuestionarse a sí mismas es mucho más doloroso que regalar su libertad.
A mí lo que más me gusta es que cada una haga de su capa un sayo, pero, ojo, del sayo propio. Yo la nariz solo la meto en la copa de vino, alguna noche de tanto en tanto, cuando disfruto del placer de la lentitud y de las cosas sencillas en un lugar recóndito: la privacidad de mi hogar.
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