lunes, 23 de noviembre de 2020

El Club de las Narices Ilustradas


No había reparado en mi nariz hasta que el guapo de la clase me gritó que me pusiera de perfil. La vergüenza me iluminó como un foco. Al principio porque se había fijado en mí. Luego porque no supe interpretar las risas de mis compañeros. 

Llegué a casa con la mochila cruzada y la inocencia ametrallada. Y mi padre, lejos de proteger mi mentalidad naif con palabras de algodón y adjetivos purpurina, transcribió con una sonrisa socarrona el primer trauma de mi existencia:

Es que tienes mucha personalidad, como tu abuelo.

Personalidad, dícese del conjunto de rasgos y cualidades que configuran la manera de ser de una persona y la diferencian de las demás. 

Si tener personalidad era una cualidad, ¿por qué tanta risa? No contenta con el resultado, desnudé ese hipócrita eufemismo ante el espejo del baño. El reflejo sobre mi perfil me presentó, sin florituras,  ese peñón abrupto salido de la nada. Siete años de sigilosos movimientos tectónicos, en la oscuridad más remota y profunda de mi cara, consiguieron chocar con suficiente fuerza hasta erigirse cordillera. 

Tras ese incidente, se convirtió en el típico grano que sabes que está, que no te ves, pero que todo el mundo mira. En la adolescencia aprendí el arte del camuflaje a base de rehusar las coletas tirantes y el flequillo corto. Me vi inmersa en una espiral en la que ella era el centro del universo, de mi cara y de las reuniones familiares, «¡Anda, mira! Cada vez se parece más al abuelo». Condicionó así la estrategia en el reparto de la herencia, consensuada por unanimidad de dividir según rasgos y semejanzas, porque así lo hubiese querido el abuelo, endosándome a mí ese busto imposible de colocar, que más que una cara con nariz, era un falo con cara. Me imaginé al abuelo, una tarde de estreno, a punta de batuta, y de repente,  justo antes de dar paso a los violines, diciéndose: «Hoy sí, hoy voy a encargar una réplica de mi cara». Y es que los genios extravagantes e histriónicos hacen esas cosas. Luego estamos los demás, arrasados por sus ondas expansivas, intentando sembrar alguna cualidad donde nos dejen.

Coloqué esa especie de trofeo de taxidermista en la estantería del estudio, enclaustrado entre Murakami y Amy Tan, a la espera de que la literatura oriental le transmitiese algo de sentimiento zen a la imagen rígida y endiosada que tanto había proyectado. Sin embargo, seguía observándome de forma arbitraria, en silencio pétreo y mortecino. Desde las gradas de mi biblioteca parecía un emperador romano, laureado entre autores, mis autores, vigilándome desde cualquier ángulo de la habitación. Era esa clase de persona que pertenecía a los púlpitos, a los escenarios y a la actividad de los aplausos. Y yo me sentía echada a los leones, junto con los gladiadores, con la presión de su pulgar a punto de direccionarse hacia abajo, exigiéndome portar con la mayor dignidad posible todo el peso de nuestro blasón genético.

Con el tiempo me acostumbré a su tibia presencia. Luego llegó el invierno y con él el frío. Entonces pasó. Escuché un estornudo que provenía de la biblioteca. O del vecino de arriba. El caso, me acerqué y observé al abuelo de cerca, como nunca antes lo había hecho. Identifiqué en su cuello algo parecido a un triángulo con dos coletas. Llevaba tatuada una nariz alada, aunque al tacto rugosa, no sobresalía demasiado. De nuevo, más narices aflorando de la nada, como nenúfares. Sin saber cómo, al tocarla, accioné algún mecanismo oculto que expulsó, de sus grandes fosas nasales, un pergamino fino y amarillento. Decía:

«C.N.I. El Club de las Narices Ilustradas. Calle de las Cestas, número par».

 Esto no me la esperaba. Tenía ante mí la posibilidad de hurgar en la vida secreta del abuelo. Había encontrado una grieta en su infranqueable mundo. 

Cuando llegué, la entrada no me pareció gran cosa. Anodina, sin más. En mi cabeza la había imaginado de otra forma, con una puerta secreta y candelabros colgados de la pared. Demasiadas películas. Sin embargo, disponía de telefonillo. Algo cochambroso, eso sí. Me resultó fácil dar con el timbre tras identificar a esa nariz alada.

Mon pare no té nasdijo alguien por el telefonillo.

¿Ma mare és xata?contesté dudosa.

Y la puerta se abrió. 

Subí a pie, no porque fuese el primer piso, sino porque era el típico rellano en el cual, aunque había hueco, no había ascensor. Me recibió, ahora sí, de película, un encapuchado apenas iluminado con un farolillo led. Nunca he entendido por qué la estética debe de estar reñida con la funcionalidad. Hubiese dicho que su outfit era de postureo medieval si no fuera porque, además, llevaba encima una bata de andar por casa. Era una imagen ecléctica. Conseguía conjugar, no sé si con pretenciosidad, el estilismo de un cura franciscano con el atuendo comprado en un montón revuelto de mercadillo.

Cuando entré, sentí esa frialdad estructural venida de serie con los pisos antiguos de Valencia. Las sombras esbozadas en las paredes y el olor a incienso de misa del domingo, amenazaron un poco más al nudo desazonador que empezaba a formarse en mi garganta. Mi zona de confort me había abandonado en el rellano. 

Atravesamos en silencio un pasillo con bustos de rostros expuestos a ambos lados de las paredes, algunos conocidos y otros no tanto, iluminados por una luz residual parecida a la de una cripta. Pude distinguir entre ellos a Gerard Depardieu, a Adrien Brody, a Sofia Coppola, a Maria Callas, a Dustin Hoffman, a Virgina Woolf, a Anjelica Houston y a Abraham Lincoln. Entre todo ese popurrí de personalidades tan variopintas, sus prominentes narices sobresalían como rasgo principal protagonista.

Llegamos a una habitación donde había tres encapuchados más. De nuevo, rostros invisibles ante la poca capacidad lumínica de esos farolillos. Quizás les habría convenido más pertenecer al club de los Illuminati, aunque reconocía en mi abuelo esa oscuridad a la que me tenía acostumbrada en la distancia. Estaban sentados alrededor de una mesa de juntas, con mantas echadas por encima de las piernas. De nuevo, frío. 

¡Achís! —estornudé.

El encapuchado guía me ofreció una manta, algo andrajosa pero olía bien. No la rechacé. Me encontraba en el punto en el que el helor, lejos de mantenerme alerta,  empezaba a turbarme la cabeza.

Disculpa este recibimiento —me dijo la mujer que presidía la mesa—. Desde que se han borrado más de la mitad de los socios, apenas nos llega para pagar la luz. 

No vayas con cuentos, Josefina —le interrumpió otra encapuchada—. Te encantan las representaciones místicas. Si por ti fuese, dormiríamos aún en colchones de paja.

¡Caramba, qué cansina eres, Carmela! —contestó Josefina—. Ya discutimos ese punto el otro día. La mayoría votó que se respetaran los rituales de la forma más fidedigna posible. Tal como hacían los primeros socios.

Claro, eso es porque no quisiste contar el voto por correo —dijo Carmela.

¡Vaya invento! —contestó Josefina— Quien quiera votar, que lo haga en la urna, como se ha hecho toda la vida. Hay costumbres que no deberían perderse.

¡Eres una antigua! 

Intuí la cara de enfado de Carmela bajo su capucha, por los brazos cruzados y su vehemente resoplido.

    Josefina se quitó la capucha. Su voz parecía más joven de lo que su piel de segunda mitad de siglo mostraba. Pero poco importaba. Todas las apreciaciones se quedaron en un segundo plano. El resto de su cara se convirtió en el fondo de un cuadro costumbrista en cuanto asomó su nariz. Desde luego que no era una obra de arte. Pareciera hecha por un escultor en prácticas que no dominara del todo las escalas ni la proporción áurea. Era una nariz que incomodaba.

Desde que perdimos a tu abuelo, nuestro club está de capa caída. Él fue durante muchos años nuestra nariz más ilustre. 

No necesitaba demasiadas explicaciones para darme cuenta de que era un club bañado en la decadencia. A juzgar por los bustos expuestos, en su día debió de ser un orgullo pertenecer a tal selecto círculo. Imaginé los felices años veinte, con música jazz marcando ese ritmo sincopado del charlestón, alternando movimientos de brazos, flecos y pies. Y esos cigarrillos largos, acompañados de copas de champán efervesciendo animadas conversaciones. Pero luego, miraba a esas encapuchadas decrépitas, casi seniles, y las imágenes se superponían con partidas de brisca a la hora del café con rosquillas.

 

Si readmitiésemos al resto de los socios que se han operado el puente, tal como hicimos con Helga, no tendríamos que lamentarnos tanto —dijo Carmela.

Lo mío fue una operación de cornetes, lo hice por una cuestión médica. Nunca quise que me limaran el puente —se quejó Helga, la tercera encapuchada.

¡Qué cornetes ni qué cornetes! Si no te hubieses atizado tanto... —contestó Carmela.

    Me costó imaginar a mi abuelo rodeado de esas mujeres, desprovistas de corcheas y compases, tan alejadas de los silencios que él solía frecuentar. Tras unos cuantos comentarios de tinte arrabalero, Josefina dirigió de nuevo su atención hacía mí.

Tu abuelo nos habló de tu nariz. Decía que era corriente, aunque un poco más grande de lo normal. Tenía muchas dudas sobre si aceptarte o no en el club, era muy exigente con el canon. Por eso nos alegra tenerte hoy aquí. Barajamos la posibilidad de que capitanearas las juventudes narigudas. En su día era un proyecto que iba a llevar la reina Letizia cuando aún era periodista.

No quise contradecirla. Me miró esperanzada, haciéndome sentir como ese último bastión que aún se mantenía en pie. Poco importaba el modo en que había llegado hasta allí.

¿La reina Letizia formaba parte de este club? —pregunté.

Así es —contestó Josefina—. Te puedes imaginar el orgullo que sentimos el día que nos dijo que se iba a convertir en reina. Pero claro, con el tiempo, los quehaceres de la casa real la fueron alejando de nosotras. Y cuando se operó la nariz…

De repente Helga se echó a llorar. 

Helga aún no lo ha superado. Letizia era su favorita —dijo Josefina.

Se operó la nariz porque tenía el tabique desviado y le costaba respirar —dijo Helga entre sollozos.

Se operó la nariz porque nos repudió cuando se mezcló con las élites. En el fondo yo siempre supe que era una pija, como la Pataky —contestó Carmela.

Peor fue lo de Tom Cruise —contestó Helga—. Tan enamorada que estabas de él, y mira, nos abandonó por los de la Cienciología. 

Eso le pasó por actuar en esa endiablada película —dijo Carmela—, ¿cómo se llamaba? ¡Nunca me sale ese nombre! 

¿Eyes Wide Shut? dije.

¡Esa! Y no me extraña, con la muerte del director y todos esos rituales sexuales de por medio, estaba necesitado de emociones más fuertes —contestó Carmela—. No como nosotras, que somos unas rancias, siempre haciendo lo mismo. Si nos modernizáramos un poco, quizás tendríamos más miembros. 

¿Y qué pretendes? ¿Que nos prostituyamos? —preguntó Helga.

¿Quién iba a querer acostarse con una vieja chocha como tú? —contestó Carmela.

 —¡Ya basta! Menudo espectáculo estáis dando —se molestó Josefina—. Mantener la esencia de este club es lo mínimo que podemos hacer. Se lo debemos a todos los socios que perdimos por mantenerlo a salvo, ¿o es que ya no te acuerdas, Carmela?  Qué rápido se te olvida cuando nos tachaban de brujas y nos quemaban en la hoguera. O cuando el holocausto, ¿a cuántos de nuestros socios judíos asesinaron? Y aquí seguimos.

No es comparable, Josefina —contestó Carmela—. La Santa Inquisición y el nazismo defendían sus clubes asesinando a nuestros miembros y a los de otros. No introdujeron cambios, exterminaron a todo aquel que no pensara como ellos.

¿Y qué diferencia hay con la cirugía plástica? —preguntó Josefina—. Es una forma de matar la diferencia, pero más sutil.

No me irás a comparar ahora un bisturí con una hoguera o una cámara de gas—contestó indignada Carmela.

Carmela tiene razón, si aceptáramos a todos los miembros que se han operado la nariz, solucionaríamos  parte del problema —la apoyó Helga.

Las tres se quedaron en un hastiado silencio. Daba la sensación de ser una discusión desgastada, desaborida, hecha bola de tanta masticarla. Josefina hizo un gesto con la cabeza y el encapuchado guía trajo un objeto tapado por una tela negra. 

Como ves, estamos faltas de ideas frescas y novedosas. Son muchos años ya de reuniones inútiles. Sentimos que nuestro club se está extinguiendo —me dijo Josefina—. Por eso, y si tú quieres, queremos que formes partes del consejo.

Helga y Carmela retiraron la tela negra que cubría el objeto, dejando al descubierto un busto idéntico a mí. Me vi en un cara a cara difícil de sortear. Habían agitado mi bola de nieve, con todos mis sentimientos, emociones, contradicciones y complejos en suspensión. Sin embargo, me sentí ligera, liviana, mimética con los copos de nieve. No sé cuánto duró esa plenitud libre de cargas; esa pequeña petite mort  posorgásmica. Pero entendí que formar parte del Club de las Narices Ilustradas suponía emprender un viraje hacia el destete mental. 

¿Os importaría descorrer las cortinas para que entre un poco más de luz? —contesté.





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