martes, 26 de enero de 2021

 

PUERTAS

Me hacen pensar las puertas, las de madera, las de acero, las de cristal, las de aluminio, qué feas, las minimalistas, las ya viejas con encanto, las modernistas, las blindadas me da igual, son muy tristes y no vienen al caso, las de bares y comercios, las de bibliotecas, las de los mercados, las de los portales.  Puertas, en todas partes hay puertas. Alegorías del movimiento, puertas.

 Dice Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de Símbolos que en la antigua Escandinavia los exiliados se llevaban las puertas de su casa; a veces las lanzaban al mar y abordaban en el lugar donde las puertas encallaban; así se fundó Reykjavik en el año 874. No quiero pensar qué ocurriría si siguiéramos con esta costumbre. La de puertas que en la actualidad habría por nuestros mares.  Igual los barcos no podrían ni navegar.

También dice que la puerta es símbolo femenino, implica todo el significado del agujero, de lo que permite el paso. Cierto, al nacer nos lanzamos hacia ese exterior desconocido y se supone que nadie nos interrumpe el paso. Porque he aquí el quid de la cuestión. ¿Cuántas veces le entorpecen a usted el paso al querer salir, que no entrar, por una puerta? Pero no vayamos tan rápido.

Yo no sé si nos damos cuenta de las puertas que atravesamos a lo largo de un día. Tantas y tan variadas. Cuando entramos en la Biblioteca alguien sale, cuando salimos de la frutería alguien entra. Y en esos instantes se establece una relación fugaz pero importante. Importante porque somos sociedad. Puede haber respeto y armonía en ese instante o puede convertirse en algo  incómodo porque uno de los dos, o acaso los dos, quiere imponer su fuerza.

Dejen salir antes de entrar, oí que repetía mi padre a todos sus hijos con convicción.  Consideré desde la niñez que era algo práctico, respetuoso, lógico. Que era una regla que ayudaba a convivir. En la actualidad siento que muchas de las veces no vemos el rostro de quien nos cruzamos en una puerta. A veces incluso parece una lucha silenciosa y breve. O salimos y nos cortan el paso porque la premura del que entra invade el terreno. O entramos y se nos olvida que si no dejamos salir llegará un momento en que no cabremos. A veces es mucho más simple, se nos aparta a un lado porque el que entra se siente dueño del umbral. El dejen salir antes de entrar parece que se esfumó.

Tal vez sea el modo de vida, el perder cada vez más el centro y el de correr hacia no se sabe qué, lo que nos ha llevado a chocar en las puertas. Acaso nadie lo explique ahora en la niñez, también puede ser. Reconocernos en un umbral, era hace años lo lógico, lo sencillo. Percibir los pasos de aquel que desea salir de donde yo quiero entrar. El primero ya logró su objetivo, por lo tanto démosle paso para ocupar yo su lugar. Era un respeto mutuo, hermoso, con suavidad. Salir de uno mismo para comprender al que se acerca. 

¿Qué necesidad hay de tropezar en un quicio a no ser que desees algo más con esa persona? Porque también puede ser un buen lugar para coquetear si nos dejamos de prisas. Yo me pregunto ¿no es de mejor calado parar unos instantes y descubrir aquel o aquella que sale? De no hacerlo puedes perderte unos ojos maravillosos, un paso taciturno, una risa contagiosa, un bastón que necesita espacio, una tristeza elegante, una pareja que se ama. Puedes perderte el retrato mismo de lo que es vivir.  La poesía de un instante.

Porque es bello lo efímero probemos de nuevo a dejar salir. Digo yo. Y si eso no le convence y no está usted para pamplinas, la lógica le puede llevar a pensar que si no dejamos salir llegará un momento en que no se podrá entrar. Y entonces el tinglado estará más que montado. Si es que tiene cabida algún tinglado más.

 

 


 


 


 

jueves, 21 de enero de 2021

A. Chis:


Estoy hasta las narices

de no tener narices

Se me hinchan las narices

por dejar con un palmo de narices

precisamente a quienes no me dieron

con la puerta en las narices

Me da en la nariz

que quien no para de meter

sus narices en lo ajeno

es porque no es capaz de ver

mas allá de sus narices

Asomar la nariz, a veces,

es darse de narices

¡Tiene narices, tiene narices!

Y sé que toca las narices

hacer las cosas por narices

y restregar por las narices

que me paso la vida

con un par de narices

tocándome las narices.

Las narices de Michael q. e. g. e.

Tengo una amiga que se parece a una de las últimas versiones de Michael Jackson. Mi mujer dice que no es verdad, que debería hacerme mirar la vista. Yo lo sostengo, insisto y lo vuelvo a repetir hasta que me duelen los músculos de la boca por el eco del estribillo. Y busco el Facebook de mi amiga y le enseño a mi mujer sus fotos y después la de la última versión de Michael, señalando con el dedo la pantalla y así varias veces para que compruebe que digo la verdad. 

–¿Adónde quieres ir a parar? –me dice–. ¿Qué pretendes demostrar con esto?

–No lo sé –le digo–. No tengo la menor idea de lo que significa, pero intuyo que todos tenemos muchas versiones de nosotros mismos. Yo he vivido cien vidas y Michael es la prueba. Supongo que ahí es donde quiero ir a parar. Michael, en sus primeros discos, no se parecía a mi amiga. Si tú me hubieras conocido antes quizá no te hubieses fijado en mí. Somos un ser distinto a cada minuto. ¿Cómo vamos a jurarnos amor eterno si mañana seremos otras? –le digo.

Mi mujer se toca la alianza de boda y le da vueltas en el dedo. Me mira un instante. Yo pienso en mi suéter de lana holgado, en la adaptabilidad de la lana que pica y cubre mi cuerpo dilatado por las hijas y los años. Después ella me da la espalda. Mientras se aleja dice que tengo demasiado tiempo libre y que es una verdadera lástima que lo malgaste de la forma en que lo hago.

No sé a qué se refiere. Pongo lavadoras, voy hasta los contenedores de reciclado y coloco cada cosa en su lugar, cocino. Ratón blanco. Laboratorio, laberinto y ratón blanco. A veces, algún domingo, al sol mínimo que entra oblicuo por la ventana de nuestro cuarto de estar, me corto las uñas de los pies.

Michael hizo sacrificios. Buscaba la belleza y a cada nueva operación se alejaba más de ella. Para eso se desprendió de su dinero.

En sus últimas apariciones, Michael, el pobre Michael Jackson q. e. g. e., tenía la nariz hecha unos zorros, una nariz averiada, tronchada, descompuesta, una nariz que recordaba a los escalones de mármol de las catedrales. Esos que, huella tras huella, se comban para dar testimonio del paso incesante del peso de los demás.

A qué huelen las nubes? Chun-chun, chun-chun, chun-chun-chun-chun-chun, uuuiiiii…


¿A qué huelen los coños… de novela?


Estoy leyendo una novela y de pronto me llega la primera identificación. Mira, pienso, qué casualidad. Después llega la segunda y la tercera y la cuarta… No puede ser, me digo. Pero sigo leyendo y me sorprenden más y más detalles que me hacen comprender que el personaje, la amante de la protagonista, está inspirada en una persona real. Lo sé porque esa persona ha sido también mi amante. 

Entonces, sólo en mi cabeza, el personaje de la novela hasta entonces apuntado en silueta, se va rellenando y va adquiriendo detalles que no aparecen en el libro: la redondez de su craneo rapado, el filo de los años de anorexia de su cuerpo sin grasa, su oscuridad profunda.

Yo era por aquel entonces todo un personaje. Mujer casada. Heterosexual con hipoteca por la gracia del patriarcado y de las niñas que buscan pertenecer. De mi bolsillo brotaba la llave de las torres que dan acceso a la ciudad. Por las noches, con el sueño de los otros, escribía palabras clave de las novelas que me apasionaban en chats de lesbianas. El nombre que utilizaba, la descripción, alguna imagen, todo era fruto de la literatura. Soló las que adivinaban la procedencia de esas palabras pasaban de personaje de chat a persona real. ¡Santo y seña! Consigna que identifica a los del mismo bando.


Roxane se llama el personaje de la novela de la que hablo. 

Roxane dice en la novela a la protagonista que, lo siente, pero que ella no lo come.

Roxane no lo come porque detesta el olor a coño. Esto no lo dice en la novela, pero yo sé que es así porque la persona real que inspiró el personaje a mí me dijo la misma frase.


Llegó en un tren a la estación del Norte después de meses epistolares. La escondí en el piso vacío de una amiga que confiaba en mí y se equivocaba.

Mi amante se llamaba Genoveva o Ginevra, como yo quisiera, dijo. Yo elegí llamarla Genoveva porque no podía soportar pronunciar la uve de Ginevra como si fuera una efe. 

Genoveva era francesa pero hablaba cinco idiomas. Tenía un olfato finísimo y no podía soportar meter su nariz entre los muslos de sus amantes. Para Genoveva los coños olían a contenedor de lonja de pescado al sol, a azufre de esquina meada por perros, a grumo denso de culpa de monja.

Genoveva no era buena amante. Chacun son cinéma.

Roxane termina comiéndole el coño a la protagonista de la novela. 

Genoveva terminó comiéndome el coño a mí también, pero lo hacía sin ganas. Esas cosas se notan, no hay cómo esconderlas. 

Genoveva y su gran nariz olían a toallita mojada, a jamón rancio, a ropa con muchas puestas. Genoveva no usaba jabón ni en sus ropas ni en su cuerpo, tampoco para limpiarse el coño. Esas cosas se notan, no hay cómo esconderlas. 

Nos escribíamos cartas larguísimas, ella tocaba el piano para mí, comíamos rúcula de las macetas de las ventanas. 

A Genoveva y a mí nos encantaba la literatura: Marguerite Yourcenar, Natalia Ginzburg, Eva Baltasar… Esto es lo más lejos a lo que llegamos y esto es lo más cerca que vamos a estar de lo que tanto amamos. Ella acabó de personaje de novela, yo de amante de la persona real que inspiró el personaje.

Mi Genoveva y la Roxane de la novela eran las dos tremendamente sensibles e inteligentes. Eso hace que lo pases realmente mal en la vida. Su resistencia a la realidad se veía en sus maltrechas muñecas llenas de cortes.

  PUERTAS Me hacen pensar las puertas, las de madera, las de acero, las de cristal, las de aluminio, qué feas, las minimalistas, las ya vi...