lunes, 23 de noviembre de 2020

 

EL RELATIVO FRÍO

“Nariz de patata de secundario de películas de safaris de Hollywood”, lo leí y lo volví a leer.  Cinco “des”, cinco “des” me impedían digerir al completo el mensaje. Una vez releído y descifrado, para lo que necesité mirar la foto de Javier Reverte fallecido el día anterior, me entraron ganas de llorar. El calificativo, que el periodista Jacinto Antón hacía del gran viajero y escritor, me pareció perfecto, adorable, suculento. Pensé que detrás de él debía de haber un cariño alimentado por el descubrimiento mutuo de que de verdad no somos nadie.

Soñé esa noche con narices. Se me presentó la de Jean Paul Belmondo y di un bandazo en la cama, creía que estaba en un ring. Me levanté y corrí a mirarme al espejo para ver si tenía algún moratón. Contemplé mi rostro intacto y la vista se me fue a la nariz, ridícula, fina, estrecha, sin motivación de existir, como una última y triste zanahoria en un estante de la verdulería. Me toqué la punta, tenía frío. La froté con mi mano y al acercarme de nuevo al espejo para percibir mejor si tenía buen color, observé que asomaban con ganas unos pelillos por los orificios. Lo que llegan a ocultar las mascarillas, pensé. No eran horas de coger las pinzas, sólo de pensarlo se me escapaban las lágrimas. El frío en la punta de mi nariz persistía. Tenía ganas de abrazarla para ver si así avanzaba en la vida. Decidí sin falta llevarla a un coach al día siguiente.

No pude regresar a la cama. Estaba inquieta. ¿Cómo había podido pasar tanto tiempo sin comprender que mi nariz me necesitaba? El confinamiento no tenía nada que ver. Recapacita Lola me dije, recapacita. Claro que había dado señales de alerta. Ingenua de mí. Había que situarse siempre en los meses de aquellos inviernos, los que ahora ya no existen, y recordar los momentos de estar sentada en el sillón con la mantita viendo la película de turno, notar una incomodidad, mirar y todo estar en orden, todo menos la punta de mi nariz, se me helaba. Entonces arrastraba esa manta hasta debajo de mis ojos y me perdía la mitad de la película. En el The End yo no sabía qué había pasado, si el protagonista se había rendido al amor o si la mala había conseguido el botín.

 A veces en una siesta me despertaba de golpe y me encontraba ese cachito de nariz frío como el hielo. Ahí me iba deprisa a encender el fuego y hacía una infusión. No servía otra solución.

Y por la noche, ¡ay! esas noches en las que el libro es el bombón que remata el día antes de poner el despertador. Era horrible ver cómo las páginas iban cayendo de mi mano que se dirigía cada dos por tres a ese final de mi nariz. Lola, me decía, Lola, déjalo, deja de leer, a dormir. Entonces me metía toda yo dentro del edredón, con el vaho de mi respiración conseguía que en ese diminuto lugar que forma parte del aparato por el que respiro entrase en calor. Fuera se quedaban esperando los del 27, Bloomsbury al completo, algún romántico y ya no cuento más.

 

Cuánto trabajo este trocito de nariz. Siempre odié los diminutivos, pero es que es un trocito, solo un trocito, que se enfría, que molesta, que se congela, que no deja vivir, un trocito de carne, nada más que un trocito de carne puñetero y encima ahora con pelillos. No he sabido escuchar a mi nariz.

-No quisiste- me diría la psicóloga.

Y repetiría

-Lola, no quisiste escucharla bien- esa sería su frase vocalizada con lentitud.

Lo-la,  NO  qui -sis- te       es-cu-char-la     bien

-Ponle un nombre Lola. Las emociones, acuérdate, tienen un nombre.

Y después de dar mil vueltas al asunto, yo diría

-Rechazo

-Repítelo- insistiría la psicóloga- que te oiga bien

-Re-cha-zo

El rechazo me hacía inventar las mil maneras de proteger ese trozo de carne tan ridículo sin ponerme a dialogar con él. A veces me encontraba pellizcándome con el pulgar y el índice la punta de mi nariz, que es la que olisquea, la que está desamparada, a la intemperie, enfrentada al mundo, la que sobresale sobre el mentón, la que siente primero, la que no sabe y no le han enseñado a protegerse del frío. Porque vamos a ver, ¿quién ha hablado alguna vez o te ha dejado alguna herencia escrita o verbal sobre el frío y su influencia sobre la punta de la nariz?

Llevé mis pasos hacia la cocina. Ante una copa de vino o una infusión decidí que esta última. Puse el agua al fuego y mientras esperaba me fijé en la foto de mi padre que tenía con un imán en la nevera. Él tenía una nariz digna, elegante, respetuosa, una nariz que hablaba por sí misma. No está solo. En la imagen hay otros familiares con él. Estaban de fiesta, en el campo. Todos llevaban una guirnalda hawaiana al cuello. Parecía que había un momento de tregua en su vida, un momento de abandono general, un relámpago cinematográfico, un homenaje a la locura, a los colores, a la infancia. Me pregunto cómo sería la relación de ellos con su nariz. Seguro que ya lo habían solucionado. Nunca me hablaron de ello.

Yo la primera vez que sentí ese helor, me dije, algo pasajero. Cuando comenzó a darme la lata pensé que era cosa de la edad. Un nuevo algoritmo incómodo que incluir en mi rutina. Además, difícil de compartir. ¿Quién me iba a escuchar?, nimiedades me dirían. Ya podía oír las carcajadas de mi marido, la indiferencia de mi hija, el hazmerreír de los amigos. Toda yo me convertiría en un absurdo.

Silba el agua. Apago el fuego. Voy al cuarto de la plancha y me agencio la botella de vino comprada para una ocasión especial. Me sirvo en mi copa preferida. Con el primer trago no me quiero sentar, podía helarse la punta de mi nariz. Estamos en febrero. Comienzo a dar pasos sin ton ni son por la casa. De pronto aparece una liebre blanca por el pasillo. Al verla me ha entrado frío.  Mueve su naricilla de modo sutil. La sigo con la copa en la mano. Llega hasta el vestidor y se mete en un cajón. Miro dentro, no está, aparece el pañuelo de mi padre -ya siento el frío en el final de mi nariz, en esa puñetera punta- lleva sus iniciales. Intento quitarme con él la molestia ínfima pero insistente en ese filo de mi cuerpo, ese helor que me impide disfrutar de momentos cotidianos de placer. Frío inútil, peliagudo, egoísta, maleducado. Frío del Polo Norte, del Papá Noel que ya no existe y de los trineos voladores. Frío de reyes con camellos y de chimeneas mágicas. Frío de ausencia de cuentos alrededor de la estufa, frío de aquel brasero.

Calla Lola me digo, calla. No te escuches tanto Lola. Y con la copa y el pañuelo regreso a la cocina. Me siento y me sirvo más vino. Pienso, con una mano ocupada con la copa y la otra en la nariz con el pañuelo de mi padre, que otro gallo cantaría si me hubiese casado con Pepe. A Pepe le encantaba morderme con dulzura este hocico mío que ahora me da tan poca confianza. Mi marido que no se entere de lo de Pepe, siempre ha sido muy celoso. De todos modos él alguna vez me habló de Cuca, una novia que tuvo. Melena larga y nariz de Cleopatra, decía. Entonces se quedaba unos segundos largos mirando al infinito. Yo no sabía qué pensar, me venía la imagen de Richard Burton, que por cierto tuvo una nariz deliciosa, y el nombre de Cuca me ponía un poco nerviosa. No quería preguntarle más. Yo nunca le había hablado a mi marido de Pepe, ni tampoco de Antonio. Yo con Antonio, necesitaba sí o sí husmearle el sobaco, me extasiaba, ¡vamos! que me ponía. Ahí estaría ahora calentita mi nariz. Con mi marido no me pasa. “Muts i a la gabià” que decía mi padre.

 Estrujo el pañuelo más fuerte en ese vértice irrisorio. No se me acaba de pasar el frío. Es como una pesadilla. Te enseñan Matemáticas, Ciencias, Gimnasia, que ahora es Educación Física, Literatura, Lengua, Geografía y qué se yo, pero nadie te educa para conocer tu nariz.

Yo creo que la mía se parece a la de mi abuela. Tampoco le pregunté a ella sobre si le daba frío. No estaba yo en esos tiempos para cosas tan importantes. De mi abuela sólo tengo un azucarero, es art decó, de porcelana naranja y blanco. Cuando me encuentro alicaída lo cojo y meto la nariz dentro. Huele siempre a brazos grandes. Es verlo y ya percibo ese olor, suave, cálido, un olor de color pastel, un olor de quimera. A veces temo que su aroma se acabe.

No se me pasa hoy este frío, ahí en la punta. Ni con el pañuelo. Dicen que lo que crece al hacerse mayor son las orejas y la nariz. ¿Y si miro la caja de fotos antiguas? Seguro que algo podré comprobar. La saco, elijo una al azar. Ahí estoy, muy joven, sola en la cubierta de un barco, llevo el suéter rojo que me hizo mi abuela, al fondo se divisa una isla. Recuerdo, era julio, me había escapado en busca de libertad como se hace a esas edades. Fue un momento asombroso, acababa de llover y los pinares de la isla mostraban su vigor a través del aire. Las aletas de mi nariz intentaban comprender esa fragancia tan refrescante. Alguien a mi lado habló del petricor. Lo miré, era un hombre grande con la nariz pedante. Percibo en la foto mi nariz menos larga y un poco más ancha, quería absorber el mundo. Y eso hacía en esos momentos. Cierro la caja. No me va a solucionar el problema. Me rasco la nariz

Sigue este frío inútil que me atormenta, este frío en la punta de la nariz que siento ya como una afrenta, una mofa, una infamia. A veces creo que las nieves, los truenos, los carámbanos, se refugiaron para siempre ahí, en mi trocito último de nariz, en ese vértice, esa esquina, ese filo.  Están dentro y juegan conmigo, se mofan de mí, de mi añoranza.  No creo que salgan ya. Se les nota a gusto.

Yo no sé cuándo volveré a ponerme un suéter de lana gruesa y de cuello alto, ni unas botas de agua de color fresa que pisen lluvia buena, ni mi gorro marrón con una borla en el cogote, mi Rosebud. No sé adónde fueron aquellos inviernos, los inviernos caseros, de abrigo, de pañuelos con iniciales, los inviernos de no buscar nada. Y mientras tanto mi nariz se congela a ratos, avisándome de algo. Y yo me canso. Y sé que no hay un coach para narices.

En la vida es todo tan relativo. Unos tienen calor y otros frío. Unos creen que hay que comer carne y otros que verdura. Unos ven su nariz grande y otros la ven pequeña. Unos dicen que la tierra es redonda y otros que es plana. Unos afirman que existe Dios y otros no creen en nada. A unos les da por ser esnobs y a otros discretos.  No somos nadie.

Voy a sacar las agujas de hacer ganchillo. Con mi copa delante y sorbo a sorbo haré una funda para la punta de mi nariz. Me la colocaré y caminaré con ella por la noche, sin fin. Así sabré si es relativo o no este frío. Así conoceré por fin el infinito.

 

El Club de las Narices Ilustradas


No había reparado en mi nariz hasta que el guapo de la clase me gritó que me pusiera de perfil. La vergüenza me iluminó como un foco. Al principio porque se había fijado en mí. Luego porque no supe interpretar las risas de mis compañeros. 

Llegué a casa con la mochila cruzada y la inocencia ametrallada. Y mi padre, lejos de proteger mi mentalidad naif con palabras de algodón y adjetivos purpurina, transcribió con una sonrisa socarrona el primer trauma de mi existencia:

Es que tienes mucha personalidad, como tu abuelo.

Personalidad, dícese del conjunto de rasgos y cualidades que configuran la manera de ser de una persona y la diferencian de las demás. 

Si tener personalidad era una cualidad, ¿por qué tanta risa? No contenta con el resultado, desnudé ese hipócrita eufemismo ante el espejo del baño. El reflejo sobre mi perfil me presentó, sin florituras,  ese peñón abrupto salido de la nada. Siete años de sigilosos movimientos tectónicos, en la oscuridad más remota y profunda de mi cara, consiguieron chocar con suficiente fuerza hasta erigirse cordillera. 

Tras ese incidente, se convirtió en el típico grano que sabes que está, que no te ves, pero que todo el mundo mira. En la adolescencia aprendí el arte del camuflaje a base de rehusar las coletas tirantes y el flequillo corto. Me vi inmersa en una espiral en la que ella era el centro del universo, de mi cara y de las reuniones familiares, «¡Anda, mira! Cada vez se parece más al abuelo». Condicionó así la estrategia en el reparto de la herencia, consensuada por unanimidad de dividir según rasgos y semejanzas, porque así lo hubiese querido el abuelo, endosándome a mí ese busto imposible de colocar, que más que una cara con nariz, era un falo con cara. Me imaginé al abuelo, una tarde de estreno, a punta de batuta, y de repente,  justo antes de dar paso a los violines, diciéndose: «Hoy sí, hoy voy a encargar una réplica de mi cara». Y es que los genios extravagantes e histriónicos hacen esas cosas. Luego estamos los demás, arrasados por sus ondas expansivas, intentando sembrar alguna cualidad donde nos dejen.

Coloqué esa especie de trofeo de taxidermista en la estantería del estudio, enclaustrado entre Murakami y Amy Tan, a la espera de que la literatura oriental le transmitiese algo de sentimiento zen a la imagen rígida y endiosada que tanto había proyectado. Sin embargo, seguía observándome de forma arbitraria, en silencio pétreo y mortecino. Desde las gradas de mi biblioteca parecía un emperador romano, laureado entre autores, mis autores, vigilándome desde cualquier ángulo de la habitación. Era esa clase de persona que pertenecía a los púlpitos, a los escenarios y a la actividad de los aplausos. Y yo me sentía echada a los leones, junto con los gladiadores, con la presión de su pulgar a punto de direccionarse hacia abajo, exigiéndome portar con la mayor dignidad posible todo el peso de nuestro blasón genético.

Con el tiempo me acostumbré a su tibia presencia. Luego llegó el invierno y con él el frío. Entonces pasó. Escuché un estornudo que provenía de la biblioteca. O del vecino de arriba. El caso, me acerqué y observé al abuelo de cerca, como nunca antes lo había hecho. Identifiqué en su cuello algo parecido a un triángulo con dos coletas. Llevaba tatuada una nariz alada, aunque al tacto rugosa, no sobresalía demasiado. De nuevo, más narices aflorando de la nada, como nenúfares. Sin saber cómo, al tocarla, accioné algún mecanismo oculto que expulsó, de sus grandes fosas nasales, un pergamino fino y amarillento. Decía:

«C.N.I. El Club de las Narices Ilustradas. Calle de las Cestas, número par».

 Esto no me la esperaba. Tenía ante mí la posibilidad de hurgar en la vida secreta del abuelo. Había encontrado una grieta en su infranqueable mundo. 

Cuando llegué, la entrada no me pareció gran cosa. Anodina, sin más. En mi cabeza la había imaginado de otra forma, con una puerta secreta y candelabros colgados de la pared. Demasiadas películas. Sin embargo, disponía de telefonillo. Algo cochambroso, eso sí. Me resultó fácil dar con el timbre tras identificar a esa nariz alada.

Mon pare no té nasdijo alguien por el telefonillo.

¿Ma mare és xata?contesté dudosa.

Y la puerta se abrió. 

Subí a pie, no porque fuese el primer piso, sino porque era el típico rellano en el cual, aunque había hueco, no había ascensor. Me recibió, ahora sí, de película, un encapuchado apenas iluminado con un farolillo led. Nunca he entendido por qué la estética debe de estar reñida con la funcionalidad. Hubiese dicho que su outfit era de postureo medieval si no fuera porque, además, llevaba encima una bata de andar por casa. Era una imagen ecléctica. Conseguía conjugar, no sé si con pretenciosidad, el estilismo de un cura franciscano con el atuendo comprado en un montón revuelto de mercadillo.

Cuando entré, sentí esa frialdad estructural venida de serie con los pisos antiguos de Valencia. Las sombras esbozadas en las paredes y el olor a incienso de misa del domingo, amenazaron un poco más al nudo desazonador que empezaba a formarse en mi garganta. Mi zona de confort me había abandonado en el rellano. 

Atravesamos en silencio un pasillo con bustos de rostros expuestos a ambos lados de las paredes, algunos conocidos y otros no tanto, iluminados por una luz residual parecida a la de una cripta. Pude distinguir entre ellos a Gerard Depardieu, a Adrien Brody, a Sofia Coppola, a Maria Callas, a Dustin Hoffman, a Virgina Woolf, a Anjelica Houston y a Abraham Lincoln. Entre todo ese popurrí de personalidades tan variopintas, sus prominentes narices sobresalían como rasgo principal protagonista.

Llegamos a una habitación donde había tres encapuchados más. De nuevo, rostros invisibles ante la poca capacidad lumínica de esos farolillos. Quizás les habría convenido más pertenecer al club de los Illuminati, aunque reconocía en mi abuelo esa oscuridad a la que me tenía acostumbrada en la distancia. Estaban sentados alrededor de una mesa de juntas, con mantas echadas por encima de las piernas. De nuevo, frío. 

¡Achís! —estornudé.

El encapuchado guía me ofreció una manta, algo andrajosa pero olía bien. No la rechacé. Me encontraba en el punto en el que el helor, lejos de mantenerme alerta,  empezaba a turbarme la cabeza.

Disculpa este recibimiento —me dijo la mujer que presidía la mesa—. Desde que se han borrado más de la mitad de los socios, apenas nos llega para pagar la luz. 

No vayas con cuentos, Josefina —le interrumpió otra encapuchada—. Te encantan las representaciones místicas. Si por ti fuese, dormiríamos aún en colchones de paja.

¡Caramba, qué cansina eres, Carmela! —contestó Josefina—. Ya discutimos ese punto el otro día. La mayoría votó que se respetaran los rituales de la forma más fidedigna posible. Tal como hacían los primeros socios.

Claro, eso es porque no quisiste contar el voto por correo —dijo Carmela.

¡Vaya invento! —contestó Josefina— Quien quiera votar, que lo haga en la urna, como se ha hecho toda la vida. Hay costumbres que no deberían perderse.

¡Eres una antigua! 

Intuí la cara de enfado de Carmela bajo su capucha, por los brazos cruzados y su vehemente resoplido.

    Josefina se quitó la capucha. Su voz parecía más joven de lo que su piel de segunda mitad de siglo mostraba. Pero poco importaba. Todas las apreciaciones se quedaron en un segundo plano. El resto de su cara se convirtió en el fondo de un cuadro costumbrista en cuanto asomó su nariz. Desde luego que no era una obra de arte. Pareciera hecha por un escultor en prácticas que no dominara del todo las escalas ni la proporción áurea. Era una nariz que incomodaba.

Desde que perdimos a tu abuelo, nuestro club está de capa caída. Él fue durante muchos años nuestra nariz más ilustre. 

No necesitaba demasiadas explicaciones para darme cuenta de que era un club bañado en la decadencia. A juzgar por los bustos expuestos, en su día debió de ser un orgullo pertenecer a tal selecto círculo. Imaginé los felices años veinte, con música jazz marcando ese ritmo sincopado del charlestón, alternando movimientos de brazos, flecos y pies. Y esos cigarrillos largos, acompañados de copas de champán efervesciendo animadas conversaciones. Pero luego, miraba a esas encapuchadas decrépitas, casi seniles, y las imágenes se superponían con partidas de brisca a la hora del café con rosquillas.

 

Si readmitiésemos al resto de los socios que se han operado el puente, tal como hicimos con Helga, no tendríamos que lamentarnos tanto —dijo Carmela.

Lo mío fue una operación de cornetes, lo hice por una cuestión médica. Nunca quise que me limaran el puente —se quejó Helga, la tercera encapuchada.

¡Qué cornetes ni qué cornetes! Si no te hubieses atizado tanto... —contestó Carmela.

    Me costó imaginar a mi abuelo rodeado de esas mujeres, desprovistas de corcheas y compases, tan alejadas de los silencios que él solía frecuentar. Tras unos cuantos comentarios de tinte arrabalero, Josefina dirigió de nuevo su atención hacía mí.

Tu abuelo nos habló de tu nariz. Decía que era corriente, aunque un poco más grande de lo normal. Tenía muchas dudas sobre si aceptarte o no en el club, era muy exigente con el canon. Por eso nos alegra tenerte hoy aquí. Barajamos la posibilidad de que capitanearas las juventudes narigudas. En su día era un proyecto que iba a llevar la reina Letizia cuando aún era periodista.

No quise contradecirla. Me miró esperanzada, haciéndome sentir como ese último bastión que aún se mantenía en pie. Poco importaba el modo en que había llegado hasta allí.

¿La reina Letizia formaba parte de este club? —pregunté.

Así es —contestó Josefina—. Te puedes imaginar el orgullo que sentimos el día que nos dijo que se iba a convertir en reina. Pero claro, con el tiempo, los quehaceres de la casa real la fueron alejando de nosotras. Y cuando se operó la nariz…

De repente Helga se echó a llorar. 

Helga aún no lo ha superado. Letizia era su favorita —dijo Josefina.

Se operó la nariz porque tenía el tabique desviado y le costaba respirar —dijo Helga entre sollozos.

Se operó la nariz porque nos repudió cuando se mezcló con las élites. En el fondo yo siempre supe que era una pija, como la Pataky —contestó Carmela.

Peor fue lo de Tom Cruise —contestó Helga—. Tan enamorada que estabas de él, y mira, nos abandonó por los de la Cienciología. 

Eso le pasó por actuar en esa endiablada película —dijo Carmela—, ¿cómo se llamaba? ¡Nunca me sale ese nombre! 

¿Eyes Wide Shut? dije.

¡Esa! Y no me extraña, con la muerte del director y todos esos rituales sexuales de por medio, estaba necesitado de emociones más fuertes —contestó Carmela—. No como nosotras, que somos unas rancias, siempre haciendo lo mismo. Si nos modernizáramos un poco, quizás tendríamos más miembros. 

¿Y qué pretendes? ¿Que nos prostituyamos? —preguntó Helga.

¿Quién iba a querer acostarse con una vieja chocha como tú? —contestó Carmela.

 —¡Ya basta! Menudo espectáculo estáis dando —se molestó Josefina—. Mantener la esencia de este club es lo mínimo que podemos hacer. Se lo debemos a todos los socios que perdimos por mantenerlo a salvo, ¿o es que ya no te acuerdas, Carmela?  Qué rápido se te olvida cuando nos tachaban de brujas y nos quemaban en la hoguera. O cuando el holocausto, ¿a cuántos de nuestros socios judíos asesinaron? Y aquí seguimos.

No es comparable, Josefina —contestó Carmela—. La Santa Inquisición y el nazismo defendían sus clubes asesinando a nuestros miembros y a los de otros. No introdujeron cambios, exterminaron a todo aquel que no pensara como ellos.

¿Y qué diferencia hay con la cirugía plástica? —preguntó Josefina—. Es una forma de matar la diferencia, pero más sutil.

No me irás a comparar ahora un bisturí con una hoguera o una cámara de gas—contestó indignada Carmela.

Carmela tiene razón, si aceptáramos a todos los miembros que se han operado la nariz, solucionaríamos  parte del problema —la apoyó Helga.

Las tres se quedaron en un hastiado silencio. Daba la sensación de ser una discusión desgastada, desaborida, hecha bola de tanta masticarla. Josefina hizo un gesto con la cabeza y el encapuchado guía trajo un objeto tapado por una tela negra. 

Como ves, estamos faltas de ideas frescas y novedosas. Son muchos años ya de reuniones inútiles. Sentimos que nuestro club se está extinguiendo —me dijo Josefina—. Por eso, y si tú quieres, queremos que formes partes del consejo.

Helga y Carmela retiraron la tela negra que cubría el objeto, dejando al descubierto un busto idéntico a mí. Me vi en un cara a cara difícil de sortear. Habían agitado mi bola de nieve, con todos mis sentimientos, emociones, contradicciones y complejos en suspensión. Sin embargo, me sentí ligera, liviana, mimética con los copos de nieve. No sé cuánto duró esa plenitud libre de cargas; esa pequeña petite mort  posorgásmica. Pero entendí que formar parte del Club de las Narices Ilustradas suponía emprender un viraje hacia el destete mental. 

¿Os importaría descorrer las cortinas para que entre un poco más de luz? —contesté.





domingo, 22 de noviembre de 2020

Asomarla, meterla, clavarla...

¡Mirad qué bebé tan feo! 

Esta frase la grita una mujer en un parque de juegos infantiles. Lo hace mientras señala con su nariz el interior de un carrito de bebé. La madre, angustiada, sujeta el carro por el asa forrada en piel de calidad (800 euros el dos piezas, regalo de su suegra) y traga saliva. Otras mujeres se acercan y crean un círculo alrededor. Meten la nariz en el interior del carro y olisquean, picotean, cacarean, como un coro de gallinas. ¡Qué flacucho! Qué va, está gordo, demasiado gordo, ¿no ves la papada? El niño, asustado por el brillo del filo de las narices, pone pucheros y finalmente rompe a llorar. ¡Mirad cómo llora! Antipático a más no poder. ¡Lloro-ón, lloro-ón, lloro-ón! La madre trata de calmarlo. No le pongas chupete, le deformarás el paladar. Qué cómodo el chupete, pan para hoy y ortodoncia para mañana. ¡Pero qué horroroso y feo que es, el pobre! Horroroso, horroroso. Repugnante. Nauseabundo. Infecto y hediondo, dice otra mientras olfatea a su alrededor. ¿No se habrá hecho caca? Entonces se hace un silencio y todas miran a la madre. 


¿Qué le das de comer? 


En una coreografía perfecta cruzan los brazos, las comisuras de los labios apuntado al suelo. Todas asienten en silencio su desaprobación. Una se abre camino entre las demás a codazos y rebusca, nerviosa, en el bolso que cuelga del carro. Bolso a juego, varios compartimentos, todo muy cool. Finalmente extrae un biberón y lo alza al cielo apuntando a Dios como testigo. Ya va saliendo el pecado, ya va saliendo el pecado, dice. ¡La culpa es del biberón! Su madre, la muy vaga, no quiere darle el pecho. Co, co, co, las gallinas picotean el maíz. ¿Verdad que no, cielo? ¿Verdad que cansa dar el pecho? ¡Desalmada! Así tiene tiempo de hacerse la manicura, dice otra mientras le estira del pelo. O de dormir toda la mañana. O de fumar, la muy guarra. Inspecciona los dedos corazón e índice que amarillean de nicotina. Arrastra la erre, guarrrrrra, unos segundos, y es la vibración sonora lo que rasga lo imperceptible. Sí, se ve que fuma y más cosas. Todo se ve a simple vista. 

Poco a poco las narices de las mujeres se van convirtiendo en una especie de pico y ellas en una bandada de buitres negros que después son hombres de traje negro y después obispos con sotanas negras. Pido perdón a los negros por este castellano negro. Los hombres, los buitres, los obispos extraen la carroña del interior del carrito con gesto de placer.  El bajo de la orilla de las sotanas ondea al viento con elegancia, dando a la escena una especie de armonía épica final. 

Fundido a negro. 

Telón.


Sospecho que hay una conexión directa entre lactancia materna y patriarcado. 

Me gusta mucho saltar al interior de una jauría de lobos hambrientos.

Desconfío de las bondades del “jódete que es muy bueno”, del término “a demanda”, del rechazo a la epidural, del colecho, de las minicunas y de todas las teorías pediátricas que exijan el exterminio de la personalidad e independencia de la mujer en pos de los intereses de los demás.

Las mujeres que tienen miedo de sus propios deseos tratan de perpetuar su esclavitud, servir de ejemplo, abanderar la procesión de la buena mártir. 

Cuestionarse a sí mismas es mucho más doloroso que regalar su libertad. 

A mí lo que más me gusta es que cada una haga de su capa un sayo, pero, ojo, del sayo propio. Yo la nariz solo la meto en la copa de vino, alguna noche de tanto en tanto, cuando disfruto del placer de la lentitud y de las cosas sencillas en un lugar recóndito: la privacidad de mi hogar.


lunes, 9 de noviembre de 2020

El Club de las narices Ilustradas

No había reparado en mi nariz hasta que el guapo de la clase me gritó que me pusiera de perfil. La vergüenza me iluminó como un foco. Al principio porque se había fijado en mí. Luego porque no supe interpretar las risas de mis compañeros. 

Llegué a casa con la mochila cruzada y la ambigüedad codificada. Y mi padre, lejos de proteger mi mentalidad naif con palabras purpurina y adjetivos de algodón, transcribió con una sonrisa socarrona el primer trauma de mi existencia:

Bueno, es que tenemos una familia con mucha personalidad.

Personalidad, dícese del conjunto de rasgos y cualidades que configuran la manera de ser de una persona y la diferencian de las demás. 

¿En qué quedamos? Si tener personalidad era una cualidad, ¿por qué tanta risa? No contenta con el resultado, desnudé a ese hipócrita eufemismo ante el espejo del baño. El reflejo sobre mi espejito de Hello Kitty me mostró, sin opacidad ninguna, ese peñón abrupto salido de la nada, de la oscuridad más remota. Siete años de sigilosos movimientos tectónicos presionando desde los más profundo de mi cara hasta erigirse cordillera. 



Tras ese incidente, se convirtió en el típico grano que sabes que está, que no te ves, pero todo el mundo mira. Se acabaron las coletas tirantes y el flequillo corto. De repente me vi inmersa en una espiral en la que ella era el centro del universo. Y de mi cara. Y por si fuera poco, condicionó el reparto de la herencia del abuelo anteponiéndose a mi voluntad, «mira, si tienen la misma nariz. Él hubiese querido que se quedase con él». Y me endosaron a mí ese busto imposible de colocar, que más que una cara con nariz, era una nariz con cara. Me imaginé al abuelo, una tarde de estreno, a punta de batuta, y de repente,  justo antes de dar paso a los violines, igual que en una revelación, diciéndose: «Hoy sí, hoy voy a encargar una réplica de mi cara». Y luego al escultor, con sus moldes hechos a base de haber embadurnado al abuelo en arcilla, sorprendido al gastar la mitad del presupuesto en perfilar esa robusta, triangular, saliente y falicona nariz. 



Coloqué esa especie de trofeo de taxidermista en la estantería del estudio, enclaustrado entre Murakami y Amy Tan, a la espera de que la literatura oriental le transmitiese algo de sentimiento zen a la imagen rígida que tanto había proyectado. Sin embargo, seguía observándome de forma arbitraria, en silencio pétreo y mortecino. Desde las gradas de mi biblioteca, parecía un emperador romano, laureado entre autores, mis autores, estratega, vigilante desde cualquier ángulo de la habitación en que me encontrara. Él era ese tipo de persona que pertenece a los púlpitos, a los escenarios, a la actividad de los aplausos. Y yo me sentía echada a los leones, junto con los gladiadores, con su pulgar a punto de direccionarse hacia abajo, exigiéndome ser una tenaz corredora olímpica, a mí que odio el running, con el deber de portar, con la barbilla alzada y la mano en el pecho, nuestro blasón genético.



Con el pasar de los días me acostumbré, cada vez más, a su tibia presencia. Luego llegó el invierno y con él el frío. Entonces pasó. Escuché un estornudo que provenía de la biblioteca. Inexplicable. Me acerqué y observé de cerca al abuelo, como nunca antes lo había hecho. Identifiqué algo parecido a un tatuaje con forma triangular y un par de alas en el cuello. Era una nariz alada, al tacto rugosa. Entonces, sin saber cómo, accioné algún mecanismo oculto que hizo que saliese, de sus fosas nasales, un pergamino fino y amarillento, atado con un hilo rojo. Lo desenrollé con cuidado y leí:



«C.N.I. El Club de las Narices Ilustradas. Calle de las Cestas, número par».



Mi asombro fue pandémico. Esa si que no me la esperaba. De nuevo, más narices aflorando de la nada, como nenúfares. ¡Qué guardadito se lo tenía! Me encontraba ante la posibilidad de descubrir el submundo escondido del abuelo. Ahora era más fácil entender la satisfacción con la que llevaba esa insignia familiar. Solo los miembros de un club con ese nombre serían capaces de hacerlo. 



Cuando llegué, la entrada no me pareció gran cosa. Anodina, sin más. En mi cabeza la había imaginado de otra forma, con una puerta secreta y candelabros colgando de la pared. Demasiadas películas. Sin embargo, disponía de telefonillo. Cochambroso, eso sí. Me resultó fácil dar con el timbre tras identificar esa nariz alada.

Mon pare no té nasdijo alguien por el telefonillo.

¿Ma mare és xata?contesté dudosa.

Y la puerta se abrió. 

Subí a pie, no porque fuese el primer piso, sino porque era el típico rellano en el cual, aunque había hueco, no había ascensor. Me recibió, ahora sí, de película, un encapuchado iluminado apenas con un farolillo led. Nunca entendí porque la estética debía estar reñida con la funcionalidad. Hubiese dicho que su outfit era de postureo medieval si no fuera porque, además, llevaba encima una bata de andar por casa. Era una imagen ecléctica. Conseguía conjugar, no sé si con pretenciosidad, el estilismo de un cura franciscano con el atuendo comprado en un mercadillo de domingo, junto con los melocotones. 

La oscuridad se adosaba en las paredes. Y el frío, ese regalado al comprar un piso en Valencia, como los cuchillos de Bancaja, me recordaba que debía mantenerme en vilo.

El encapuchado me guió en silencio, quizás tenía la garganta irritada, hasta una habitación donde había tres encapuchados más. De nuevo rostros invisibles ante la poca capacidad lumínica de esos farolillos. Con total seguridad, los adquirieron en el mercadillo junto con los batines. Quizás les habría convenido más pertenecer al club de los Illuminati, aunque reconocía en mi abuelo esa oscuridad a la que nos tenía acostumbrados en la distancia. Estaban sentados alrededor de una mesa de juntas, con mantas echadas por encima de las piernas. De nuevo, frío. Frío y oscuridad.

¡Achís! —estornudé.

Poned a la joven una taza de té —gritó la mujer que presidía la mesa, con voz esponjosa.

El encapuchado guía me ofreció una manta. No la rechacé. Aún andrajosa, olía bien.

Disculpa este recibimiento. Desde que se han borrado más de la mitad de los socios, apenas nos llega para pagar la luz. 

    La mujer se acercó hasta mí. Su voz parecía más joven de lo que su piel de segunda mitad de siglo mostraba. Pero la guinda de su cara, o más bien el pastel entero, pertenecía a esa desproporcionada nariz. 

Con la pérdida de tu abuelo, nuestro club es cada día más miserable. Él fue durante muchos años nuestra nariz más ilustre. Ahora, no tenemos propósito. 

Eso es porque estamos anticuadas —dijo de nuevo la otra encapuchada.

Ya hemos hablado de eso, Carmina. Representamos una herencia que hay que preservar de la forma más pura posible. Como marca la tradicióncontestó la nariguda mujer.

Eres una antigua—contestó Carmina—. Si fuéramos a la moda, como Helga, habría más gente que querría formar parte de nuestro club. 

Lo mío fue una operación de cornetes. Nunca quise que me limaran el puente.

Tú lo que eres es una traidora —dijo otra encapuchada—. Te operaste la nariz con la excusa de los cornetes.

¡Silencio! —gritó la mujer de voz esponjosa.



             ...continuará….



















 

El relativo frío

“Nariz de patata de secundario de películas de safaris de Hollywood”, lo leí y lo volví a leer.  Cinco “des”, muy hechas adrede, me impedían digerir al completo el mensaje. Una vez releído y descifrado, para lo que necesité mirar la foto de Javier Reverte fallecido el día anterior, me entraron ganas de llorar. El calificativo, que el periodista Jacinto Antón hacía del gran viajero y escritor, me pareció perfecto, adorable, suculento. Pensé que detrás de él debía de haber un cariño alimentado por el descubrimiento mutuo de que de verdad no somos nadie.

Soñé esa noche con narices. Se me presentó la de Jean Paul Belmondo y di un bandazo en la cama, creía que estaba en un ring. Me levanté y corrí a mirarme al espejo para ver si tenía algún moratón. Contemplé mi rostro intacto y la vista se me fue a la nariz, ridícula, fina, estrecha, sin motivación de existir, daban ganas de abrazarla para que avanzase en la vida. Decidí sin falta llevarla a un coach al día siguiente.

No pude regresar a la cama. Estaba inquieta. ¿Cómo había podido pasar tanto tiempo sin comprender que mi nariz me necesitaba?  Pensé que sí, sí que había dado señales de alerta pero yo no las había comprendido.  Pensándolo bien sucedían en invierno, cuando estaba tranquilamente sentada en el sillón con mi mantita viendo la película de turno o al despertarme de una siesta o al leer en la cama antes de dormir.  La placidez de todos esos momentos quedaba empañada por una sensación de frío en la punta de la nariz. Ella me reclamaba, algo necesitaba.

Yo, ingenua de mí, en esos momentos me inventaba las mil maneras de proteger ese trozo de carne tan ridículo, no de escucharla al completo.  Entonces me lanzaba a lo más lógico, cubrirla con la mantita, pero al tener que sujetarla era un incordio. En la cama al leer me tapaba hasta la nariz, entonces no había Dios que distinguiese bien las letras. A veces me encontraba pellizcándome con el pulgar y el índice esa punta que es la que olisquea, la que está desamparada, a la intemperie, enfrentada al mundo. Mi nariz era una zanahoria que podía poner en un guiso de ternera y siempre estaría calentita. Esa era la solución que yo a escondidas soñaba.

No hice caso la primera vez que sentí ese frío, algo pasajero, me dije. Cuando comenzó a darme la lata pensé que era cosa de la edad. Un nuevo algoritmo incómodo que incluir en mi rutina. Además, difícil de compartir, ¿quién me iba a escuchar? nimiedades me dirían. Ya podía oír las carcajadas de mi marido, la indiferencia de mi hija, el hazmerreír de los amigos. Toda yo me convertiría en un absurdo. Siempre digo que los asuntos sencillos suelen ser los más importantes pero nadie me hace caso.

Y si fuese al psicólogo me dije. Él me orientaría. Llevé mis pasos hacia la cocina. Ante una copa de vino o una infusión decidí que esta última. Mientras esperaba el zumbido del hervidor de agua me fijé en la foto de mi padre que tenía con un imán en la nevera. Estaba de fiesta, en el campo, con otros familiares de edad avanzad, igual que él. Como un milagro todos llevaban una guirnalda hawaiana al cuello. Parecía que había un momento de tregua en la vida de todos ellos, era un momento de abandono general, un relámpago cinematográfico que se merecían, un homenaje en el subconsciente a la locura, a los colores, a la infancia y a dejar de lado la responsabilidad.

Silbó el agua y apagué el fuego. Abrí un armario, cogí una copa, me dirigí al cuarto de la plancha y me agencié la botella de vino allí escondida. Me serví. Con el primer trago no me quise sentar, podía helarse la punta de mi nariz. Era febrero.

 Me puse a observar a mis familiares, todos ya fallecidos. De golpe me invadió el olor más primitivo que recuerdo, el de la comida para los cerdos que preparaba la vecina en mi niñez. Una mujer anciana, grande, fuerte, con garra, el pelo blanco, vestida de negro, con delantal gris y verrugas en el rostro, Roberta.  Si la de Javier Reverte era “nariz de patata de secundario de películas de safaris de Hollywood” la de mi vecina sería “nariz de boniato de bruja oculta de pueblo que friega en bares y tiene cerdos”.  Yo la quería mucho a pesar de su nariz.

 Me dejo transportar a aquella época y veo el humo salir por la gran puerta de casa Roberta Una puerta de madera que igual da paso a los  habitantes que a los cerdos, caballos o terneros. Me asomó, ella da vueltas con un largo palo al brebaje de un barreño enorme. Me llama, le digo que tengo frío en la nariz, se ríe y me hace ademán para que entre. Voy, me pongo a su lado, soy pequeña de nuevo, ella me mira con condescendencia, el humo de la comida para los cerdos me envuelve y floto. Ella sonríe. Nada más.

De pronto me veo otra vez observando las guirnaldas hawaianas. Demasiadas narices. Sólo me interesa la de mi padre, digna, elegante, respetuosa, con un corte perfecto. Yo creo que le pesó demasiado. No pude preguntarle si a él se le helaba el final de su nariz, imagino que sí porque le recuerdo por las noches leyendo la prensa al lado de la chimenea y pasarse muy a menudo uno de sus pañuelos de tela con sus iniciales bordadas. Debió pensar que era cosa de la edad. Yo no quiero resignarme.

Me relleno la copa. Otro gallo cantaría, pienso, si me hubiese casado con un novio que le encantaba morderme la nariz. Por favor, que mi marido no se entere, aunque seguro que él también se debe acordar por otros motivos de alguna de sus novias. Me habló de una que se llamaba Cuca,  melena larga y nariz de Cleopatra, decía. Entonces se quedaba unos segundos mirando al infinito. Yo no sabía qué pensar, me venía la imagen de Richard Burton y el nombre de Cuca me ponía un poco nerviosa. No quería preguntar más porque yo nunca le había hablado a mi marido de Antonio. Yo con Antonio, otro de mis novios, necesitaba sí o sí husmearle el sobaco, me extasiaba, ¡vamos! que me ponía. Era un rito de reconocimiento necesario. Con mi marido no me pasa. “Muts i a la gabià” que decía mi padre.

Está bueno este vino. Yo creo que mi nariz se parece a la de mi abuela materna. Tampoco le pregunté a ella sobre si tenía frío. No estaba yo en esos tiempos para cosas tan importantes. De mi abuela sólo tengo un azucarero, es art decó, de porcelana naranja y blanco. Mi hija, que tiene la nariz chata, se dedicó a cortarlo con unas tijeras, nadie le había explicado que eso no se puede hacer. Cuando me encuentro alicaída lo cojo y meto la nariz dentro. Huele siempre a acogimiento, a protección. Yo veo el azucarero y ya percibo ese olor, es un olor suave, cálido, un olor de un color pastel, un color de cuento. La nariz dentro sólo la pongo en esos momentos especiales, no sea que se acabe su aroma.

 

Ya me está entrando el frío en la punta de la nariz. Si otros tuviesen mi nariz tal vez no les pasase. En la vida es todo tan relativo. Unos tienen calor y otros no. Unas creen que hay que comer carne y otras no. Unos ven su nariz grande y otros la ven pequeña. Unos dicen que la tierra es redonda y otros que es plana. No somos nadie.

Mientras acabo esta copa voy a hacer una funda de ganchillo. Caminaré con ella por la noche hacía el infinito. Así sabré si es relativo o no, este frío, este infinito

domingo, 8 de noviembre de 2020

La nariz de Berta (después de ir al tocador: retocada)

I

El mundo se expandía mientras nos precipitábamos a la sorpresa y al goce. Nos proyectábamos, crédulas, más allá de la linea del cielo. Decíamos: siempre, siempre, para siempre y un rayo nos atravesaba desde la coronilla hasta los talones y carbonizaba, con su onda expansiva, todo nuestro alrededor.


Berta se ganaba la vida como profesora de literatura en un instituto. Era lista, aunque no brillante, artista, pero no bohemia. Le gustaba reñir a sus alumnos, mirarlos en silencio con los labios apretados, la espalda recta, las aletas de la nariz hinchadas. Si había un gesto que la identificara era justo éste: Berta, ante la incompetencia del mundo, hinchaba las aletas de la nariz. A mí me ponía muchísimo imaginarla mientras reprendía a sus alumnos, pensaba: con esa lengüita que riñes me vas a comer el coño. Todos pensamos ciertas cosas. Mientras follábamos me gustaba imaginármela defendiendo su oposición ante el tribunal, tan docta, o interviniendo en las reuniones del claustro, toda pedagogía, como si le importara el destino de aquellos pobres desgraciados. Pensaba: si te vieran ahora… Yo era un ama de casa divorciada y provinciana, una mosquita muerta que malvivía de la pensión de alimentos que me pasaba mi ex. Ella, una mujer soltera, cosmopolita, fuerte, que a los 42 años había decidido que no tenía nada mejor que hacer que meter su oscilante nariz entre mis piernas.

Me gustaba su impaciencia ante la torpeza generalizada de la especie humana, me excitaba su suficiencia de experta. Verla corregir exámenes era todo un espectáculo: el cuerpo prieto, la mano derecha blandiendo el boli rojo avizor, los ojos en blanco ante el fallo y aquellos sonoros resoplidos. A cada error una negación de cabeza y un aleteo de nariz. ¡No saben nada! ¡No estudian! –decía– ¡Qué cruz! Y los padres, peor.

Su cerebro, su casa y su congelador estaban igual de ordenados. Su cajón de calcetines organizado por colores, tamaños y formas resultaba, en cierta medida, inquietante. Escribía poesía, decía, porque le gustaba el orden de las palabras. Hallaba en ellas una armonía, una música, una cadencia que le resultaba muy difícil de explicar. 

Escribía en una libreta pequeña porque decía que sus poemas eran pequeños. Le gustaban de la marca Moleskine y de color rigurosamente negro, por la temática, decía. Miraba los poemas larguísimo rato y después tachaba, tachaba, tachaba. Tachaba con la misma inquina con la que corregía exámenes. Podía estar absorta en la misma hoja varios días seguidos, el cuerpo emitiendo el vaivén de los locos, como si sus entrañas contuvieran un metrónomo. Jamás me leyó un verso.


Nos conocimos justo antes del verano de 2019. El 19 de junio, cumpleaños de mi cuñado. Fue una noche de sexo revelador. Por la mañana volví a llamarla. También en los días siguientes, pero fue inflexible. No volvimos a vernos hasta que terminó de corregir, puso notas, asistió a reuniones y atendió a todos y cada uno de los padres que intentaron maquillar de bondad la acidia de sus hijos. Sólo entonces empezó el verano.

No pensamos en viajar. Nos encerramos en la casa que me había regalado mi exmarido por firmar la demanda de divorcio, dispuestas a pasar aquel verano la una junto a la otra. Piscina, alcohol y sexo. En hamacas de diseño, leíamos a Cheever. Nos dedicábamos a emborracharnos y a usar todo el elenco del cajón de vibradores que yo había acumulado novia tras novia. Cada una con sus gustos, con sus preferencias. Yo contemplando el milagro de todas.

Los había de varios colores pero predominaban el rosa, el negro y el morado. A las lesbianas no suelen gustarnos los que imitan formas de pene demasiado realistas. A mí me repugnan bastante los de color carne con venas y arrugas de plástico. Yo los compraba de acabados satinados, de silicona suave, en cajas negras con letras doradas que anunciaban su fácil manejo. Amigos de placer envueltos en bolsitas de terciopelo suave que prometían orgasmos múltiples siglo XXI, sin perder mucho tiempo.

Tenía succionadores que simulaban el sexo oral, masajeadores de hasta diez intensidades, con función de calentamiento, todos fáciles y rápidos de cargar. Potentes y silenciosos, con un motor o dos. Ergonómicos, seguros, capaces de doblarse hacia cualquier ángulo. Con control remoto, perfectos para llevar camuflados en la ropa interior.

Regalados, adquiridos en tienda o por Internet eran mi botín de niña rica y malcriada. Generalmente la abundancia compensa carencias detestables. 

Miraba los juguetitos y pensaba: éste le gustaba a… este era el preferido de… Y también: ésta me quiso más, ésta me quiso menos… y así seguía hasta que mi ego se daba cuenta y bloqueaba el pensamiento. Rehuía de confesarme las cosas. Mi cabeza era un teatro repleto de público dispuesto a juzgar la obra. Incómoda, sobrevivía. Para lo hardcore, había desarrollado una capacidad muy bestia de desmemoria.

–¿Cuántas novias has tenido? –preguntó una tarde Berta al mirar aquel cajón repleto de colores y formas.

–Pocas, muy pocas –mentí–. ¿Y tú?

–Ya te lo he dicho. Tú eres mi primera mujer. Yo no soy lesbiana, sólo me gustas tú.

–Es extraño eso, ¿no?

–Para nada –decía–, para nada es extraño. Yo soy muy corriente. 

Falso. Berta tenía la extravagancia de un personaje de novela. Sonreía, desplegaba su nariz alada, apretaba los labios y eras suya.

–Lo mismo eres lesbiana –dije– y no lo sabes. Les pasa a muchas. Los súpers están llenos de mujeres que son lesbianas sin saberlo. Madres, con hijos en el instituto, también muchas.

–Empezaré por comprar por Internet.

–Elige uno –dije. Señalé con el mentón el cajón abierto.

Empezó a dar vueltas sobre sí misma con los ojos cerrados.

–Gallinita ciega, gallinita ciega –dijo. 

Tentó con la mano el aire a su alrededor. Fruncía la nariz, olisqueando como un perro. Chocó con mi brazo que acarició despacio hasta que tomó mi mano. La llevó por dentro de sus pantalones y la metió debajo de las bragas.

–Mira –dijo en un susurro cerca de mi oreja–. ¿Lo notas? Por aquí pasa un río / por aquí tus pisadas fueron embelleciendo las arenas.


II


Bebíamos vino de la mañana a la noche. El vino. Siempre el vino. Follar con vino. Cenar con vino. Reír, oler, tragar el vino, el vino, el vino. 

Mi mente citaba el título de la biografía de Neruda al abrir el cajón de los juguetes. Decía: Confieso que he vivido. Qué ingenua era. Más que abrir era desvelar: descubrir algo oculto, quitar el velo que lo cubre. El contenido de aquella cómoda olía a caramelos de violeta y al crujiente de hojaldre que se deshace en la boca. 

Berta me miraba y sonreía. Me decía: Ven aquí, y pasaba su lengua por mi cara, alrededor de mis labios. Entonces el deseo aniquilaba cualquier otro propósito. Me gustaba estar cautiva en aquella sensualidad. Alejaba, a fuerza de orgasmos, la soledad y la muerte.

Berta entraba por la puerta a la vuelta de cualquier recado y me saltaba encima, como si quisiera tragarme. Hacíamos el amor durante horas. Se restregaba como un gato, me chupaba, me arrancaba la ropa y jadeaba. Yo, simplemente, me dejaba hacer.

Siempre he sido una amante versátil, pero con ella no había duda, sabía muy lo que tocaba, lo que esperaba, lo que quería de mí. Me acurrucaba en el fondo de la última esquina, detrás del extremo posterior por la parte de abajo y, con el corazón en un puño, agazapada en el último resquicio posible, esperaba a que Berta me asaltara, me absorbiera, me tragara hasta hacerme desaparecer.


III


No había tenido relaciones con mujeres siempre. Era, lo que alguna de mis amigas llamaba, una lesbiana tardía. Había dilapidado adolescencia y juventud dentro de la más aburrida heterosexualidad. Después descubrí que de la heterosexualidad se sale más fácil que del diazepam, pero hasta ese descubrimiento estuve con muchos chicos, conocí a algunos hombres y terminé casándome con un santo. Lo engañé, le dije que tomaba la píldora y tuvimos a Lita. Hay quien estudia oposiciones. Yo era más tradicional. Una vez asentada en mi mansión, con dos coches, dos perros y un marido con un despacho de abogados que comenzaba a ingresar mucho dinero, todo aquello empezó a quedarse pequeño. Él me dijo un día que le molestaba que fumara y yo pensé que a mí me molestaba todo él, sin apartes ni resquicios.

Las amantes llegaron de una forma sencilla y espontánea. Había venido a comer a casa toda mi familia: mis padres, mis hermanos, tíos, primos y mi santo varón cocinaba para todos ellos un enorme gazpacho. Medio borracha, fui al baño y mientras me desabrochaba los Levi´s falsamente desgastados me miré al espejo y le dije a mi reflejo: ¿Quién eres? Los de fuera pensaban algo que no era cierto. ¿Quién eres? Repetí.

Aquella misma noche me di de alta en Wapa, una página de contactos para lesbianas.   


IV


En aquellos días del primer verano de nuestra relación adoptamos, además de la de los vibradores, otra costumbre de usurpación: el chalé guardaba más cosas que no eran nuestras y que íbamos a usar.

Vivía en una casa de tres plantas y en la última, semienterrada, además de garaje para tres coches, trastero y bodega, había una habitación de juegos con billar, futbolín y cuatro camas que usaban mi hija adolescente y sus amigas. Allí era donde fumaban porros, pedían pizzas y se grababan vídeos dudosos que después colgaban en Instagram. Berta me enseñaba aquellos videos, pero yo me hacía la rubia. Mi hija entonces vivía con su padre y me visitaba un fin de semana cada quince días, así que cuando lo hacía me resultaba tremendamente esforzado interpretar el papel de bibliotecaria agria con gafas de presbicia a mitad del puente. La dejaba campar a sus anchas.

Mi hija y Berta se llevaban muy mal. Berta, de hecho, aborrecía a todos los adolescentes aunque viviese de ellos. Esa era su cruz. Con mi hija, de caerse mal pasaron al odio. Por eso daba manga ancha a Lita e intentaba mantenerlas alejadas la una de la otra. Cada una en una planta del majestuoso chalé. Berta arriba. Lita abajo. Y yo en medio de aquellos dos polos que estiraban en direcciones opuestas. Pero Berta no entendía de alturas, de fronteras, ni cerrojos.

–¿Qué hay en al armario del sótano, el que está junto a la habitación de Lita?– preguntó un día.

–¿Has bajado? ¿Y eso? Te habrá tumbado el olor a porros.

–Me aburro. A veces, cuando sales, me gusta hacer excursiones, registrarlo todo. Inspeccionar. ¿Te importa?

–Sabes que no –dije algo incómoda–. Ésta es tu casa.

–¿Y qué hay en ese armario de ésta, mi casa ?

–Ropa –contesté.

–Ya, ya. ¿De quién? Digo.

Son trofeos, pensé. Rápida, interpreté una falsa bondad. 

–Ese armario guarda olvidos, amor. Cosas que se dejan esperando volver. De mis ex. Es complicado –dije. 

–¿Y por qué no te deshaces de todo? ¿Por qué no lo tiras a la basura?

–No sé. A veces las cosas ajenas te pesan y quieres alejarlas –metí. Cuando miraba todo aquello sonreía y pensaba: que se jodan–. Supongo que lo dejo ahí para no verlo. Cuando todo acaba me sabe mal tirarlo por si lo piden. Después nadie reclama nada y se queda perpetuo. 

–Buf –dijo Berta.

–Coge una bolsa de basura de jardín, anda. Nos desharemos de esa mierda ahora mismo –dije.

Bajamos juntas al sótano dispuestas a acabar con todo aquello. Abrimos el armario. Aquel olor me encantaba. De reojo vi cómo Berta movía su nariz alada. Allí estaba todo mi historial afectivo. Estaban las botas de montaña de Lorena, varias mallas de correr de Alicia, un par de vestidos de verano de Anita, la camiseta de tirantes preferida de Julia… 

–¡Vaya! –exclamó Berta– Qué desprendimiento, qué generosidad. Aquí hay tela de cosas. 

–Sí, demasiadas.

–¿Y no lo piden? –dijo–. Esto fuera, esto fuera, esto fuera… 

Cogía ropa y la lanzaba al suelo.

–Basura –dije.

Pasó varias perchas de derecha a izquierda y de pronto se detuvo. Vi cómo su nariz se arqueaba, abriéndose como la compuerta del brazal de una acequia.

–A ver éste.

Berta se colocó un vestido delante del pecho, calculando la talla. Era rojo, largo, de pana, con escote pronunciado. Era de Lucía. 

–Es bonito –dijo–. 

–Pse –dije–. No sé.

Aquel vestido me gustaba mucho, tanto como me gustó su dueña. Un día sin más se esfumó. Era una mujer gato. Mirarlo fue una bofetada.

–¿Será mi talla?

–Pruébatelodije.

Berta me miró divertida. 

–¿Seguro? ¿No te importa? 

–No, claro, adelante.

Arrugó el vestido y se lo llevó a la cara para olerlo. Cerró los ojos y aspiró despacio.

–¿Está limpio? –dijo. Y sin esperar respuesta continuó–. ¿Quién era más delgada ella o yo?

–Tú. 

–Ya –dijo incrédula.

–Tú eres la novia más guapa que he tenido. La mujer más bella que conozco.

–Yo no soy tu novia –dijo. Berta se acercó y nos besamos– Nada de novias.

Se deshizo de su ropa con lentitud, mirando cómo la miraba. Con parsimonia, recreándose en cada movimiento, se puso el vestido rojo. De pronto empezó a caminar como si estuviera en una pasarela. 

–Primavera-verano 2016 –dijo.

–¡Pero si es de invierno! ¡Ese vestido es de pana!

Berta rió.

–Qué poco entiende el vulgo de moda –dijo–. Es verano, no ve qué calor. –Cogió mi mano y la metió en su escote que estaba mojado de sudor–. Fashion week.

Cruzaba los pies por delante del cuerpo, primero uno y después el otro. 

–¿No es fantástica esta forma de caminar?– dijo– Yo siempre camino así por el súper.

Ciertamente era ridícula, pero el vestido le sentaba muy bien. Estaba preciosa. 

–Disculpe, unas preguntas para RandomTV, de Londres –dije.

Con una mano simulé sostener un micro, con la otra la cogí de la cintura, la atraje hacia mí y le levanté la falda. Con fuerza. Sentí que me gustaba estirar de aquella falda hacia arriba. 

–Dispare –dijo–, no tengo todo el día.

–¿Son ciertos los rumores que la relacionan sentimentalmente con una mujer?

–Siguiente pregunta –dijo.

Me agaché. De rodillas en el suelo le levanté la falda por encima de la cintura, apreté sus nalgas y la atraje con fuerza hasta mi cara. Entonces olí sus bragas. Mi aliento y después mi lengua humedecieron la tela de licra negra. Una vaharada de calidez me rodeó como la niebla. Más allá de ella todo era impreciso.


V


Claro que había quien no se dejaba nada. Tuve algunas amantes que ni siquiera conocieron mi casa. Relaciones obtusas, desesperadas, la búsqueda hacia afuera de la aceptación y el amor que yo no era capaz de darme. Hubo de todo. Alcohólicas, adictas al trankimazin, suicidas en perpetua tentativa…

Hubo a una acupuntora de nariz formidable y vidriosos ojos azules que al dejarla peinó la casa: abrió cajones, subió escaleras, escudriñó armarios y miró hasta debajo de las sillas en busca de objetos propios. Se notaba que tenía experiencia, lo hacía para no olvidar nada. Yo contemplaba sus movimientos con la misma intención: para no olvidar. Días antes, en la cola del súper me había dado ya alguna pista: con todos los productos de una cena romántica sobre la cinta y la cajera como testigo, apretó un bote contra su pecho y anunció que ella pagaba las aceitunas. Tuve que invitarla a la cena. 

Olía a toalla mojada de días. A veces lo feo tiene su encanto.

El consolador de camuflaje y las correas de cuero se las llevó. Olvidó en cambio un par de masajeadores de espalda de madera y unos aceites esenciales “muy caros”, decía, con los que me daba masajes a los que ponía precio al acabar. 

–Por esto mismo que te acabo de hacer –decía–, una fisio buena te cobra más de ochenta euros. 

No le guardo rencor, ni a ella ni a ninguna. A todas, gracias. Emily Dickinson decía que el agua se aprende por la sed, la Tierra por los océanos atravesados, el éxtasis por la agonía.


IV


Berta decía que la Dickinson estaba sobrevalorada, que no había que fiarse de lo que dijera alguien capaz de enamorarse de su cuñada. Decía que no soportaba que hubiera estado con ninguna mujer antes que ella, que las anteriores parejas, las suyas y las mías, eran una vergüenza, una verdadera catástrofe. Yo tendría que haberla amado solo a ella y ella solo a mí, desde siempre. Yo le decía lo obvio, que no se podía borrar el pasado ni volver atrás. Callaba que de ninguna manera querría borrarlo. El pasado estaba ahí, fragante, y ahora ya sólo teníamos la vida por delante.

Aquella noche del vestido rojo quedamos en que al día siguiente nos desharíamos de todo aquello. Lo aniquilaríamos, pero lo cierto es que en los días siguientes no se hizo mención. El exterminio había quedado a medias. 

Una mañana, volví de correr y encontré a Berta con unos pantalones anchos y sedosos de color verde oliva. Enseguida me di cuenta de que no eran suyos. El estampado era demasiado llamativo, para nada su estilo sobrio, de maestra de pueblo un poco aniñada. Además del pantalón no llevaba nada puesto, estaba desnuda de cintura para arriba y me miraba con la boca entreabierta, con un gesto característico suyo, su gesto de deseo. 

No llegamos nunca a descifrar qué es aquello que nos coge las entrañas, pero está bien aceptarlo. La esquizofrenia católica, pasado el orgasmo, nos hace no mirar. Yo sólo sé que quería despegar aquellos pantalones de su cuerpo. Me gustaba tirar de ellos hacia abajo, desnudarla, arrancárselos con fuerza. Con ellos puestos la deseaba y el gesto brusco de estirar de aquella ropa para liberarla hacía que la deseara aún más. Quería borrar con ella todos mis fracasos. Quería apartar de ella todos los pedazos de mi infelicidad sentimental.

En los días siguientes comprobé que la ropa que había quedado tirada en el suelo había vuelto al armario del que había salido. Estaba otra vez colgada en perchas o doblada, bien doblada, en los estantes. Berta no decía nada. Sorprendida, me di cuenta además de que algo estaba cambiando. Berta y su olor estaban también allí, mezclados de forma imprecisa con las otras prendas.

Empecé a hacer excursiones al sótano sin que me viera. Escapadas. Abría el armario y aspiraba el olor misceláneo que desprendía. Asqueada y excitada, iba acariciando prenda a prenda hasta que imaginaba a Berta vestida con alguna y fantaseaba con arrancársela. Metía la cara entre las perchas y allí mismo, de pie, me masturbaba. 

La cosa siguió en los días posteriores: de pronto Berta usaba al acostarse un pijama de muaré, a media mañana una camiseta de correr amarilla fluorescente, para salir a cenar un pantalón vaquero de marca. 

Aquellas ropas olvidadas terminaron por unirnos. 

Cuando Berta las usaba no lo nombrábamos, no hacíamos referencia a lo nuevo. No hablábamos del tema. Lo esquivábamos como si fuese un precipicio que nos pudiera tragar. Solo sé que miraba a Berta y le decía: estás muy guapa. Ella me mordía el cuello y jadeaba en mi oreja. Yo estiraba y estiraba para liberarla. A veces desgarraba las prendas y ella quedaba medio desnuda, con la ropa ajada, jadeante, con su eterna mirada animal, agitando las alas de su grandiosa nariz.


VII


Han pasado siete años de aquello. Berta ya no está. Murió hace ahora casi nueve meses y yo estoy sola, paralizada en un mundo que se encoge en un consabido antedicho, en una asquerosa redundancia. 

Siempre, siempre, para siempre. Los muertos se llevan lo soñado calle abajo. Vivir es aprender que los siempre duran con suerte algún tiempo, hasta que se los traga el olvido. 

Berta resultó ser la mujer que todas buscamos. Ni mejor, ni peor que las otras. Simplemente con quien, aquella otra vida con la que a veces soñamos, fue posible. 

Nos casamos después del verano sin decírselo a nadie. Lita y el chico al que llamaba novio esa semana fueron nuestros testigos. Berta tenía problemas con su familia, no aceptaban su homosexualidad, así que fue una boda sin fiesta. 

La casa, con sus tres alturas, la vendimos poco después y nos vinimos a vivir a Toronto con un programa de docencia internacional. Berta dejó su trabajo pero no a sus odiados adolescentes, siguió trabajando de profesora de literatura todo este tiempo. Corrigiendo exámenes, resoplando sonoramente, generando viento con el precioso aleteo de su nariz. 


Mi hija insiste en que vuelva, que venda todo, liquide y vuelva. ¿Cómo explicar, sin lastimarla, que España no importa?


A veces paseo por el bosque que hay cerca de casa. Me sienta bien caminar. A la vuelta pongo de comer a Elvis, preparo un té, leo. A veces es la tapa del libro, una taza o el aire que se alza al desplomarme sobre su butaca… Entonces me quedo muy quieta, inmóvil, estatua, paladeando lo único que aún poseo en el mundo: el privilegio de su olor en mi memoria. 

  PUERTAS Me hacen pensar las puertas, las de madera, las de acero, las de cristal, las de aluminio, qué feas, las minimalistas, las ya vi...