EL RELATIVO FRÍO
“Nariz de patata de
secundario de películas de safaris de Hollywood”, lo leí y lo volví a
leer. Cinco “des”, cinco “des” me
impedían digerir al completo el mensaje. Una vez releído y descifrado, para lo
que necesité mirar la foto de Javier Reverte fallecido el día anterior, me
entraron ganas de llorar. El calificativo, que el periodista Jacinto Antón
hacía del gran viajero y escritor, me pareció perfecto, adorable, suculento.
Pensé que detrás de él debía de haber un cariño alimentado por el
descubrimiento mutuo de que de verdad no somos nadie.
Soñé esa noche con
narices. Se me presentó la de Jean Paul Belmondo y di un bandazo en la cama, creía
que estaba en un ring. Me levanté y corrí a mirarme al espejo para ver si tenía
algún moratón. Contemplé mi rostro intacto y la vista se me fue a la nariz,
ridícula, fina, estrecha, sin motivación de existir, como una última y triste zanahoria en un estante de la
verdulería. Me toqué la punta, tenía frío. La froté con mi mano y al acercarme
de nuevo al espejo para percibir mejor si tenía buen color, observé que asomaban
con ganas unos pelillos por los orificios. Lo que llegan a ocultar las
mascarillas, pensé. No eran horas de coger las pinzas, sólo de pensarlo se me escapaban
las lágrimas. El frío en la punta de mi nariz persistía. Tenía ganas de
abrazarla para ver si así avanzaba en la vida. Decidí sin falta llevarla a un coach al día siguiente.
No pude regresar a la
cama. Estaba inquieta. ¿Cómo había podido pasar tanto tiempo sin comprender que
mi nariz me necesitaba? El confinamiento no tenía nada que ver. Recapacita Lola
me dije, recapacita. Claro que había dado señales de alerta. Ingenua de mí.
Había que situarse siempre en los meses de aquellos inviernos, los que ahora ya
no existen, y recordar los momentos de estar sentada en el sillón con la mantita viendo la película de
turno, notar una incomodidad, mirar y todo estar en orden, todo menos la punta
de mi nariz, se me helaba. Entonces arrastraba esa manta hasta debajo de mis ojos y me perdía la mitad de la película. En
el The End yo no sabía qué había pasado, si el protagonista se había rendido al
amor o si la mala había conseguido el botín.
A veces en una siesta me despertaba de golpe y
me encontraba ese cachito de nariz frío como el hielo. Ahí me iba deprisa a
encender el fuego y hacía una infusión. No servía otra solución.
Y por la noche, ¡ay! esas
noches en las que el libro es el bombón que remata el día antes de poner el
despertador. Era horrible ver cómo las páginas iban cayendo de mi mano que se
dirigía cada dos por tres a ese final de mi nariz. Lola, me decía, Lola,
déjalo, deja de leer, a dormir. Entonces me metía toda yo dentro del edredón, con
el vaho de mi respiración conseguía que en ese diminuto lugar que forma parte
del aparato por el que respiro entrase en calor. Fuera se quedaban esperando
los del 27, Bloomsbury al completo, algún romántico y ya no cuento más.
Cuánto trabajo este
trocito de nariz. Siempre odié los diminutivos, pero es que es un trocito, solo
un trocito, que se enfría, que molesta, que se congela, que no deja vivir, un
trocito de carne, nada más que un trocito de carne puñetero y encima ahora con
pelillos. No he sabido escuchar a mi nariz.
-No quisiste- me diría la
psicóloga.
Y repetiría
-Lola, no quisiste
escucharla bien- esa sería su frase vocalizada con lentitud.
Lo-la, NO qui -sis-
te es-cu-char-la
bien
-Ponle un nombre Lola. Las
emociones, acuérdate, tienen un nombre.
Y después de dar mil
vueltas al asunto, yo diría
-Rechazo
-Repítelo- insistiría la
psicóloga- que te oiga bien
-Re-cha-zo
El rechazo me hacía
inventar las mil maneras de proteger ese trozo de carne tan ridículo sin
ponerme a dialogar con él. A veces me encontraba pellizcándome con el pulgar y
el índice la punta de mi nariz, que es la que olisquea, la que está desamparada,
a la intemperie, enfrentada al mundo, la que sobresale sobre el mentón, la que
siente primero, la que no sabe y no le han enseñado a protegerse del frío.
Porque vamos a ver, ¿quién ha hablado alguna vez o te ha dejado alguna herencia
escrita o verbal sobre el frío y su influencia sobre la punta de la nariz?
Llevé mis pasos hacia la
cocina. Ante una copa de vino o una infusión decidí que esta última. Puse el
agua al fuego y mientras esperaba me fijé en la foto de mi padre que tenía con
un imán en la nevera. Él tenía una nariz digna, elegante, respetuosa, una nariz
que hablaba por sí misma. No está solo. En la imagen hay otros familiares con él. Estaban de fiesta, en el
campo. Todos llevaban una guirnalda hawaiana al cuello. Parecía que había un
momento de tregua en su vida, un momento de abandono general, un relámpago
cinematográfico, un homenaje a la locura, a los colores, a la infancia. Me
pregunto cómo sería la relación de ellos con su nariz. Seguro que ya lo habían
solucionado. Nunca me hablaron de ello.
Yo la primera vez que sentí
ese helor, me dije, algo pasajero. Cuando comenzó a darme la lata pensé que era
cosa de la edad. Un nuevo algoritmo incómodo que incluir en mi rutina. Además, difícil
de compartir. ¿Quién me iba a escuchar?, nimiedades me dirían. Ya podía oír las
carcajadas de mi marido, la indiferencia de mi hija, el hazmerreír de los
amigos. Toda yo me convertiría en un absurdo.
Silba el agua. Apago el
fuego. Voy al cuarto de la plancha y me agencio la botella de vino comprada
para una ocasión especial. Me sirvo en mi copa preferida. Con el primer trago
no me quiero sentar, podía helarse la punta de mi nariz. Estamos en febrero. Comienzo
a dar pasos sin ton ni son por la casa. De pronto aparece una liebre blanca por
el pasillo. Al verla me ha entrado frío. Mueve su naricilla de modo sutil. La sigo con
la copa en la mano. Llega hasta el vestidor y se mete en un cajón. Miro dentro,
no está, aparece el pañuelo de mi padre -ya siento el frío en el final de mi
nariz, en esa puñetera punta- lleva sus iniciales. Intento quitarme con él la molestia
ínfima pero insistente en ese filo de mi cuerpo, ese helor que me impide
disfrutar de momentos cotidianos de placer. Frío inútil, peliagudo, egoísta,
maleducado. Frío del Polo Norte, del Papá Noel que ya no existe y de los
trineos voladores. Frío de reyes con camellos y de chimeneas mágicas. Frío de
ausencia de cuentos alrededor de la estufa, frío de aquel brasero.
Calla Lola me digo,
calla. No te escuches tanto Lola. Y con la copa y el pañuelo regreso a la
cocina. Me siento y me sirvo más vino. Pienso, con una mano ocupada con la copa
y la otra en la nariz con el pañuelo de mi padre, que otro gallo cantaría si me
hubiese casado con Pepe. A Pepe le encantaba morderme con dulzura este hocico
mío que ahora me da tan poca confianza. Mi marido que no se entere de lo de
Pepe, siempre ha sido muy celoso. De todos modos él alguna vez me habló de
Cuca, una novia que tuvo. Melena larga y nariz de Cleopatra, decía. Entonces se
quedaba unos segundos largos mirando al infinito. Yo no sabía qué pensar, me
venía la imagen de Richard Burton, que por cierto tuvo una nariz deliciosa, y el
nombre de Cuca me ponía un poco nerviosa. No quería preguntarle más. Yo nunca
le había hablado a mi marido de Pepe, ni tampoco de Antonio. Yo con Antonio, necesitaba
sí o sí husmearle el sobaco, me extasiaba, ¡vamos! que me ponía. Ahí estaría
ahora calentita mi nariz. Con mi marido no me pasa. “Muts i a la gabià” que
decía mi padre.
Estrujo el pañuelo más fuerte en ese vértice
irrisorio. No se me acaba de pasar el frío. Es como una pesadilla. Te enseñan
Matemáticas, Ciencias, Gimnasia, que ahora es Educación Física, Literatura,
Lengua, Geografía y qué se yo, pero nadie te educa para conocer tu nariz.
Yo creo que la mía se
parece a la de mi abuela. Tampoco le pregunté a ella sobre si le daba frío. No
estaba yo en esos tiempos para cosas tan importantes. De mi abuela sólo tengo
un azucarero, es art decó, de porcelana naranja y blanco. Cuando me encuentro
alicaída lo cojo y meto la nariz dentro. Huele siempre a brazos grandes. Es
verlo y ya percibo ese olor, suave, cálido, un olor de color pastel, un olor de
quimera. A veces temo que su aroma se acabe.
No se me pasa hoy este
frío, ahí en la punta. Ni con el pañuelo. Dicen que lo que crece al hacerse
mayor son las orejas y la nariz. ¿Y si miro la caja de fotos antiguas? Seguro
que algo podré comprobar. La saco, elijo una
al azar. Ahí estoy, muy joven, sola en la cubierta de un barco, llevo el suéter
rojo que me hizo mi abuela, al fondo se divisa una isla. Recuerdo, era julio, me
había escapado en busca de libertad como se hace a esas edades. Fue un momento
asombroso, acababa de llover y los pinares de la isla mostraban su vigor a
través del aire. Las aletas de mi nariz intentaban comprender esa fragancia tan
refrescante. Alguien a mi lado habló del petricor.
Lo miré, era un hombre grande con la nariz pedante. Percibo en la foto mi nariz
menos larga y un poco más ancha, quería absorber el mundo. Y eso hacía en esos
momentos. Cierro la caja. No me va a solucionar el problema. Me rasco la nariz
Sigue este frío inútil
que me atormenta, este frío en la punta de la nariz que siento ya como una
afrenta, una mofa, una infamia. A veces creo que las nieves, los truenos, los
carámbanos, se refugiaron para siempre ahí, en mi trocito último de nariz, en
ese vértice, esa esquina, ese filo. Están dentro y juegan conmigo, se mofan de mí,
de mi añoranza. No creo que salgan ya. Se
les nota a gusto.
Yo no sé cuándo volveré a
ponerme un suéter de lana gruesa y de cuello alto, ni unas botas de agua de
color fresa que pisen lluvia buena, ni mi gorro marrón con una borla en el
cogote, mi Rosebud. No sé adónde fueron aquellos inviernos, los inviernos caseros,
de abrigo, de pañuelos con iniciales, los inviernos de no buscar nada. Y
mientras tanto mi nariz se congela a ratos, avisándome de algo. Y yo me canso. Y
sé que no hay un coach para narices.
En la vida es todo tan
relativo. Unos tienen calor y otros frío. Unos creen que hay que comer carne y
otros que verdura. Unos ven su nariz grande y otros la ven pequeña. Unos dicen
que la tierra es redonda y otros que es plana. Unos afirman que existe Dios y
otros no creen en nada. A unos les da por ser esnobs y a otros discretos. No somos nadie.
Voy a sacar las agujas de
hacer ganchillo. Con mi copa delante y sorbo a sorbo haré una funda para la
punta de mi nariz. Me la colocaré y caminaré con ella por la noche, sin fin. Así
sabré si es relativo o no este frío. Así conoceré por fin el infinito.